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Y tú, ¿qué pintas?

“Si la pintura no inquieta, ¿es una pintura?”
Georges Braque

Entre las cosas más inútiles que existen tal vez la de pintar un cuadro sea la que más y, sin embargo, es de las más adictivas. Es evidente que uno puede vivir toda la vida sin pintar nada, incluso sin mirar ningún cuadro. Pero ya es un poco más difícil pasar toda la vida sin ver ninguno (lo que no es lo mismo que mirarlo). A no ser que uno viva en plan robinsón, las imágenes de todo tipo nos rodean. Diríase que somos adictos a la imagen – como dijo Baudrillard – que con la realidad no tenemos suficiente y debemos inventarnos simulacros.

Desde siempre los humanos hemos tendido a la representación de lo que vemos y también a crear formas diferentes de las que se encuentran en la naturaleza. Creo que la primera obra creada por un homínido debió consistir en apilar un montón de piedras. Con ello desafió la gravedad, pero también las leyes divinas; siendo este el verdadero pecado original, ese fue nuestro Edén. Conseguir que unas piedras se mantuvieran en equilibrio desafiando la gravedad debió proporcionarle al individuo tal satisfacción que lo convirtió (además de pecador) en adicto. A partir de ahí, no solo el arte, sino toda la industria humana sería fruto de esa acción. La persistente obsesión por levantar torres cada vez más altas – incluida la mítica Babel – demuestran cuán profundo es ese desafío.

Poder plasmar lo que uno imagina es uno de los placeres más grandes que se pueden alcanzar. Y no me refiero únicamente a la actividad artística. La capacidad de modificar el entorno, ya sea en beneficio propio o de la colectividad, es a lo que aspira todo aquel que desea el poder. Así, a lo largo de la historia quienes han tenido el poder, han procurado tener bajo su control a los productores de imaginario, para someterlos a sus propios fines. No solo para evitar que sus habilidades puedan servir al enemigo, sino para evitar que contagien de imaginarios prohibidos al resto de vasallos y acaben poniéndose a imaginar por su cuenta y discutiendo a los poderosos su autoridad. Porqué si un esclavo se pone a imaginar es como encender una mecha; se le podrá reprimir pero siempre será una bomba latente, pues sabe que si para soñar no tiene que pedirle permiso a nadie, para realizar sus sueños tampoco debería tener que pedirlo; debió ser la lección de Segismundo.

Un cuadro, más allá del mensaje, el contenido ideológico, o la doctrina que pretenda difundir, es en sí mismo un reflejo de ese proceso. En cada cuadro (o forma de expresión) se repite, a pequeña escala, el acto de la creación, se genera un mundo nuevo, donde todo es posible. Ese acto de libertad es el verdadero valor del arte. Esa es la sangre que fluye por las venas de los grandes artistas. Y ese potencial es adictivo, más allá del resultado alcanzado. El precio desorbitado que se da a algunas obras (y lo desorbitado de algunos beneficios) no tiene otra finalidad que disuadir de intentarlo. Es una forma de establecer distancias. Es como decirnos ¨tú de eso no entiendes”, déjalo para los que sí saben. De esa manera se traslada el valor de la obra al precio de mercancía; algo externo a la propia experiencia del ejercicio de la libertad.

Cuando uno se enfrenta al espacio en blanco (hablamos de un cuadro), puede tener, o no una idea de lo que pretende conseguir. Pero ya ha decidido que va a cambiar ese espacio. El siguiente paso es empezar a mancharlo. Ya sea a grandes pinceladas o con pequeños toques –eso dependerá del carácter del autor- el espacio se va cubriendo de colores y formas, las cuales, por sí mismas nada dicen, pero aquel que las dirige sabe si se corresponden a la idea que tiene en mente y, en función de ello, cubre, retoca, modifica aquello que ve. Del mismo modo que un pintor va manchando la tela, los dirigentes de un país esparcen la información según la idea que esperan conseguir. Aquí una noticia, allí una subvención, allá un cargo de confianza, la modificación de una ley, una sanción, una multa, etc. Primero informan, luego premian, después ordenan, amenazan, castigan… cuando ya se va por esos derroteros resulta evidente que el autor ha perdido el control, no tiene una idea nada clara del resultado. Se pasa más tiempo emborronando que construyendo. A la espera que la casualidad, o alguna musa venga a su socorro y le ilumine.

La cantidad de información que produce nuestra sociedad actual es el vivo ejemplo de esta superposición de capas, que no tiene otro propósito que evitar el vació mental de los súbditos, lo que daría lugar a que comenzaran a pensar por su cuenta. Por el contrario, quien domina la técnica, le basta un mínimo de pinceladas para dar forma a sus ideas, pues conoce los materiales con los que trabaja y sabe cómo van a responder el pincel que va a usar o la mezcla que necesita. No tendrá que emborronar, repintar o desechar lo que ha hecho. El mensaje será claro y directo, sin ruido de fondo ni sin interpretaciones añadidas.

Una pintura tiene algo de reacción alquímica: un conjunto de pinceladas donde cada una por sí sola no significan nada, pero a medida que se van uniendo construyen formas que van adquiriendo sentido, hasta acabar fusionándose en un conjunto en el que las pinceladas desaparecen para dar vida a la idea de su creador. Es en ese momento cuando el resultado es mucho más significativo que la suma de las partes. Cuando se anula la gravedad. Cuando el autor siente que los elementos están a su favor. De igual modo, una sociedad donde cada individuo pusiera su potencial al servicio de un proyecto común, en el que poder sentirse partícipe. Sin más interés que el gozo por la obra bien hecha, ni protagonismo sin la obra colectiva, sería ésta una sociedad satisfecha y en equilibrio. Todo debería empezar con una tela, un papel, un espacio en blanco.

Acerca Josep Nogué

Toda mi vida ha girado entorno de las artes plásticas. Primero como diseñador gráfico, después como ilustrador y más tarde del dibujo y la pintura. Busco que cada gesto sea preciso y directo, como la estocada de esgrima: que cada pincelada haga sangre.