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Vampiros contra zombies

A menudo el mito se confunde con la historia y se interpreta como un hecho ocurrido en realidad en una época concreta. Sin embargo, los antropólogos nos recuerdan que esas narraciones no tienen un tiempo específico, sino que son recurrentes, es decir, que pueden ocurrir –repetirse- en cualquier lugar u época. Representan mecanismos o respuestas automáticas de los humanos ante determinadas situaciones, como si estas estuvieran predeterminadas en nuestro código genético. Todos los mitos son imágenes especulares de cómo somos o nos comportamos. Y cada época tiene sus mitos preponderantes por ser los que mejor definen ese momento.

     Ésta época es la liderada por los vampiros. Que lo que distingue al vampiro sea su inmortalidad, su incapacidad de perpetuarse a lo largo del tiempo; hasta llegar al nuestro, no es anecdótico. Durante años el mito del vampiro ocupó novelas, obras de teatro, películas, cómics y continúa con plena vitalidad en la actualidad. Por muchas estacas que se le claven reaparece constantemente, adoptando las más variadas formas. Sin embargo la que mejor conocemos (aparte del murciélago) es la silueta del conde envuelto en su capa negra. Porque, además de su inmortalidad, su principal característica es la de ser un noble. El vampiro tiene que ser, necesariamente, un aristócrata; así quedó establecido con el relato de Polidori. Su poder le viene de su estatus. Es refinado, culto y elegante. Su capacidad de seducción sobre las doncellas le viene del hecho de estar por encima del resto. Él es el señor que goza del placer de jóvenes inocentes a quienes deslumbra con su “savoir-faire” en salones y fiestas. En realidad, podemos decir que la inmortalidad se la otorga su linaje, esa herencia que se transmite por la sangre, entre generaciones, manteniendo su estatus –nobiliario y económico– de privilegio. Es lo que le distingue de los plebeyos, de los cuales se aprovecha y alimenta, vampirizándolos sin que estos puedan hacer nada para impedirlo: les chupa toda su sangre. Es, pues, la casta, más que sus individuos, la que nunca muere. El vampiro es el símbolo de dominación del amo frente a la impasibilidad del esclavo.

El esclavo también tiene su mitología, la del zombie o no muerto es también un mito inmortal. Podría decirse que esa es la característica que los define y su única fuerza: se niegan a morir y hará todo lo posible por perseverar en su ser. Pero, a diferencia del vampiro, no tienen ningún atractivo. No hablamos de individuos singulares, de clase; sino de una masa uniforme y anónima de gente que se niega a desaparecer o dejarse llevar. Una masa de muertos vivientes, cuya única fuerza es su persistencia y voracidad insaciable. Representan al pueblo muerto de hambre. Esta masa prescindible y superflua, que seguramente huele a ajo, está obsesionada por sobrevivir y reproducirse a costa de todo lo que se le ponga por delante, incluidos (a veces) los propios vampiros. Como una plaga de cucarachas no cesa de salir de sus fosas, tanto más cuantos sean los que se entierran en ellas. Es la dialéctica del amo y el esclavo en Hegel (la lucha de clases en términos marxistas) trasladada al mito moderno: vampiros contra zombies. En todas las épocas, las elites se las han apañado para enterrar a cuantos les pudieran discutir o disputar sus privilegios, pero, a pesar de la eficacia y el empeño dedicados a ello, la masa de desheredados sigue creciendo, alzándose de sus tumbas, gimiendo y reclamando su derecho a la existencia. Ese temor es lo que quita el sueño a los poderosos del mundo y también a sus lacayos. Ahora ya lo sabemos, empezamos a darnos cuenta, mientras vemos como los vampiros hacen acopio de plasma, ya sea en las criptas de sus templos (ahora atendido su culto por el sacerdocio bancario) islas vírgenes o paraísos fiscales, nuestras fronteras se están llenando de zombies, clamando por sus derechos, por un pedazo de pan.

Pero, tranquilos, solo estamos hablando de mitos; de los peligros de los mitos.

Acerca Josep Nogué

Toda mi vida ha girado entorno de las artes plásticas. Primero como diseñador gráfico, después como ilustrador y más tarde del dibujo y la pintura. Busco que cada gesto sea preciso y directo, como la estocada de esgrima: que cada pincelada haga sangre.
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