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Ulises, de Tennyson: Proemio y traducción

Entre todas las obras literarias a mi alcance, confieso tener especial predilección por la Odisea: habiéndola recorrido varias veces –con alguna dificultad cuanto a las traducciones, pues no hay en castellano nada comparable a las dos, tan admirables, de los catalanes, ni mucho menos a ese variado catálogo, comentado por Borges, con que cuentan los ingleses, sino apenas un par en flacos endecasílabos, y ese otro trabajo tan humilde de Fernando Gutiérrez, que no era helenista ni experto en métrica, pero sin embargo logró sobria belleza y dignidad, de quien me serviré en estas páginas- la considero el fruto más granado de nuestra tradición tanto en lo que se refiere a deleite como a instrucción práctica. Todas las novelas de aventuras procuran sin éxito reproducir las auroras y crepúsculos de Homero, el sabor a sal de sus hexámetros –cuyo sonido los confunde a veces con las olas- o la presencia mágica y terrible de sus monstruos; pero el sentimiento del hogar y los lazos de la sangre aparecen retratados en su poema de una manera tan concreta y tan llena de amor que aquí nadie ha intentado siquiera emularlo. En esta armonía de opuestos reside, a mi juicio, el secreto de su excelencia: se produce una especie de círculo en el que el fuego de Juno exhibe su virtud al mantenerse vivo en la espera del ausente, que lo encuentra cada vez más atractivo a través de las guerras y los naufragios, al tiempo que la aventura cobra vigor y sentido por tener ese horizonte de regresar junto a alguien que lo espera y cumplir una promesa. De ahí la cualidad emocional que tiene por ejemplo la demorada descripción homérica de la casa, las tierras que le son anejas y los trabajos que se realizan en el entorno, pues en ella resuena y queda patente el significado que todos esos bienes tienen para alguien que está luchando por ellos; y de ahí la inmensa dulzura que destila el intercambio de regalos entre los héroes, o más aún su llanto cuando recuerdan a algún amigo caído o sienten rumores acerca de que aún vive, pues en ellos vibran las sólidas cuerdas que unifican a un mundo todo: así sucede cuando Telémaco llega a casa de Menelao, a tal punto que Helena hubo de recurrir a la medicina egipcia:

una droga, de pronto, echó al vino que estaban bebiendo,
contra el llanto y la ira, que hacía olvidar cualquier pena:
todo aquel que gustara de ella mezclada en su crátera
no podía verter una lágrima en todo aquel día,
pese a que hubiese visto morir a su padre y su madre.

También se siente esa emoción cuando Ulises decide partir de la casa de Antínoo, frente a lo cual este rey, que es por completo autónomo y sabe que no va a tener jamás trato alguno con el exterior, se esmera en ofrecer la más munífica de las fiestas de despedida, con canciones y juegos de atletismo, además de cubrir a su huésped de regalos, solamente para ser recordado y que se corra por el mundo la bondad de su pueblo, es decir, por puro amor desinteresado y silenciosa fe en el valor de sus objetos. Pero no estoy diciendo nada nuevo, ya que a fin de cuentas esto es Grecia, lo que resuena mejor o peor cuando uno de nosotros recuerda ese antiguo nombre, que se confunde con el de la felicidad.

            Ulises es por antonomasia el héroe griego, y como tal el paradigma de la experiencia de nuestra civilización, por lo cual ha sido centro de notable controversia, como aquella que opuso la censura de Gadamer, para el que los modernos tendríamos que aprender a volver a pensar en griego, al gemido de Horkheimer y Adorno, quienes, equiparando al de Ítaca con el típico burgués, convirtieron la historia de Occidente en los despojos de la mercancía. Algo de razón tendrán unos y otros: como es natural, cada uno se construye una historia a su medida. Yo ahora me pregunto tan sólo acerca de la figura del héroe que se correspondería con las apreciaciones que veníamos haciendo sobre la Odisea, y digo que tendría que ser uno para el cual hubiese un mundo que defender, consistiendo la tal defensa en un traspaso de los límites del mismo mundo, y una casa que guardar, que debería ser guardada fuera de la legalidad de la casa. Y es que tener un mundo o una casa implica tener una frontera y un oscuro rumor de fondo más allá de ella donde todo se pone en juego a cada paso, con lo que los lindes una y otra vez han de ser renovados por un impulso singular, un acto que restaure el orden frente a la depredación del tiempo, y el que cada cosa interna funcione, que los linajes se reproduzcan y circulen entre ellos los regalos, que los nombres de unos y otros perduren en el canto, que haya paz entre grandes y pequeños por la abundancia de alimentos y buen gobierno, todo ello depende de que alguno lo refrende en tierra extraña; por eso Ulises tiene que partir a la guerra de Troya, abandonando a su mujer y dejando la plaza vacía (téngase en cuenta el arquetipo indoeuropeo de la tierra que por no tener rey se vuelve estéril), y luego inventar toda clase de tretas y engaños para enfrentarse a monstruos magníficos y otros enemigos fuera de medida, o yacer con mujeres ajenas-que si bien disfruta con ellas, también sacrifica sus dones por el regreso-, sin lo cual no habría salido con vida. Claro está que en este acto se camina por una línea de peligro, donde se pone a prueba no sólo la resistencia de la casa, sino también la integridad del héroe, que en cualquier momento podría desviarse por una senda de maldad sin retorno para convertirse en una criatura despreciable, con la consecuencia también de la ruina para los suyos, como ocurriría si nuestro personaje se hubiera quedado con Calipso. De ahí que el héroe griego sea el héroe de la prudencia -esa virtud que, despreciada por los modernos, que pretendían dar una razón predecible a todo, para Aristóteles es la piedra de toque de la moral, pues al margen del precepto es capaz de intuir a partir de la experiencia lo que en cada momento irrepetible es el justo medio del bien entre los males-, llevando Ulises el epíteto de polýtropos, el de las muchas artes o los mil manejos: podríamos compararlo por ejemplo con la genialidad de Mozart, cuyas partituras, siguiendo por lo general los patrones musicales de su tiempo, cometían determinados atrevimientos que a todas luces parecían errores pero que en la práctica les dieron su máxima perfección. El héroe es el punto mágico de eso que llamamos Grecia y, como decíamos, el vaso en el que se conserva la esencia de su sabiduría en tanto civilización.

            Pero he aquí que Tennyson, el gran poeta de la reina Victoria, que lo fue de Gran Bretaña y del mundo, compuso una obra –con el antecedente muy notable de Dante (Inf. XXVI, 49-142)- en la que retorna Ulises y se le deja hablar en un lamento y una arenga a sus compañeros para emprender un último viaje. Según entiendo, Tennyson ejerce en este caso de verdadero poeta del Imperio y lo hace con una ambigüedad semejante a la de Virgilio, de donde se sigue que ha de escucharse algo especialmente relevante. Lo primero que se le atribuye al héroe y lo separa de la figura homérica es naturalmente el tiempo; impropia es de un héroe antiguo la edad de plata, no sólo por la falta de energías, sino sobre todo porque en ella tiene ya que haber cumplido el curso de su vida y estar integrado de nuevo en la rutina del hogar. Pero todavía más admirable en este Ulises es su desprecio a su familia, a su tierra y a su pueblo, que era todo aquello por lo que había combatido, y por lo que se supone valía la pena combatir, de modo que se impone un paradigma enteramente distinto: esta figura no parte de un orden dado para, viajando a sus márgenes, defenderlo, sino que se huye de un orden dado y mal querido hacia ese mismo caos que antes se pretendía detener; el camino no es circular, es una recta; no es eterno, sino infinito. El motor no es sino una inquietud, aguijada por la persistencia del recuerdo, que solamente puede refrenarse con el camino y con la muerte: se trata de un Ulises que vive encadenado a su pasado –la posibilidad de ese dominio se alude cuando da en reconocer una diferencia entre sí mismo y el ser ideal en que se ha convertido: I am become a name, donde el sujeto no es equivalente al predicado-, que es claramente lo único que él ama, siendo así que los momentos emocionales suceden cuando se le da rienda suelta a la enumeración de los pasados hechos, o, más aún, cuando al vuelo deja asomarse a su deseo de volver a ver a un viejo amigo, Aquiles; un pasado que, sin embargo, por no poder retornar, lo condena a una repetición baldía y sin horizonte. La acción aparece, por tanto, más bien dudosa, máxime cuando significa además el abandono de los suyos y la delegación en su hijo de las tareas que le son propias, incluido el cuidado de los dioses de la tribu; y sin embargo no deja de deslumbrar con un inconfundible fuego heroico, razón suficiente para que introduzcamos en su honor el concepto de héroe moderno. El pathos de este héroe consiste en exigirse a sí mismo un abandono material absoluto en favor de ese ideal que, como decíamos, surge del recuerdo: el nombre que recoge todas las gestas pasadas, objeto imposible del deseo; la mezcla de admiración y escepticismo que nos suscita viene causada porque en el fondo se trata de una personalidad narcisista, que por tanto ha cerrado las verdaderas vías de comunicación con el mundo, y aún puede sugerir –así lo han visto modernos comentaristas- algo de mueca irónica y ridículo.

            En su soberbio Victorian Age in literature, Chesterton ofrece unas coordenadas muy concretas en las que situar esta figura del héroe moderno; desde su pluma, la época victoriana queda caracterizada por un compromiso con el que las élites inglesas respondieron a la Revolución Industrial que estaba triturando la estructura orgánica del reino, convirtiendo al campesinado en la masa hambrienta que retrataría Marx y logrando por el camino que el conjunto de los propietarios obtuviesen un poder superior al de la rancia aristocracia, compromiso que consistió en una simbiosis entre estos nobles antiguos y esos nuevos propietarios, por el que se conservarían unas formas externas de moral y religión al tiempo que en lo sustancial se abría paso el mercado liberado en que se hipotecaban los años de trabajo de los niños. Para Chesterton, la moral y religión que se habían convertido en una mera pantalla resultan ser en verdad portadoras de un modo de vida real y sostenible, aquella comunidad por la que morían los héroes antiguos, y el mercado una especie de ídolo al que se sacrifica el bien común de cada día; por ello el compromiso comportaba una grandeza, la de apelar a una tradición ancestral y concreta, y una debilidad, la de considerarla como un ideal que había que hacer encajar en una pantanosa realidad financiera. El hacer depender a la tradición de ese compromiso llevó en primer lugar a un uso hipócrita de la misma, después a su relativización y el último lugar a su destrucción como ideal, lo que en la práctica significaba la destrucción de cualquier ideal en favor de un totalitarismo nihilista. Por ejemplo: la elite comienza censurando a la clase baja por sus problemas con la institución matrimonial, causados por las dificultades de las condiciones de trabajo; a causa de estos problemas, se propone el divorcio y el acceso de la mujer al trabajo masculino como solución para la clase obrera, la cual en el fondo no querría sino tener estabilidad suficiente como para gozar correctamente con el matrimonio antiguo; finalmente, se considera cualquier clase de matrimonio como una forma falsa impuesta por la clase dominante, y se aboga por una vida sin ninguna institución. El ideal invertido del nihilismo que se seguiría de esta última fase lo encuentra Chesterton (esta vez en el cap. V de su Orthodoxy) en un verso de otro poema de Tennyson,

Let the great world spin for ever down the ringing grooves of change. [Locksley Hall] [Que el gran mundo gire por siempre a lo largo de los sonoros surcos del cambio]

acerca del cual comenta:

“Pensó en el cambio en sí mismo como un surco interminable; y así es. El cambio viene siendo el surco más estrecho y más duro en el que un hombre puede meterse. Sin embargo, lo esencial aquí es que esta idea de una alteración fundamental en el criterio es una de las cosas que hacen simplemente imposible pensar en el pasado o en el futuro. La teoría de un completo cambio de criterios en la historia humana no nos priva simplemente del placer de honrar a nuestros padres; nos priva incluso del placer más moderno y aristocrático de menospreciarlos.”

            Este proceso de disolución acompañado de una apelación cada vez más débil a los antiguos ideales puede muy bien generalizarse y denominarse a su vez “la decadencia de occidente”. No es mi opinión que todo esto sea idéntico a lo que llamamos “modernidad”, palabra que para mí, si tiene algún sentido, sólo puede querer designar a aquella época atravesada por su conciencia de ser una época, es decir, de que por debajo de ella hay un tiempo desatado, del cual emergen formas de vida e ideales que en cualquier momento pueden ser sustituidos por otros; en tal coyuntura, dado que las formas dejan de ser vinculantes, se abre ciertamente, con la mediación esencial del recuerdo en cualquier caso, una lucha por conservarse una u otra, por la restauración, el cambio o la nada, pero de ello pueden seguirse una gran cantidad de resultados, y la mencionada decadencia no es sino uno más o menos vulgar de entre ellos.

                   Ulises, cansado de sus instituciones reales, y considerando que ninguna va a ser como aquella que le dicta su imposible recuerdo, decide levantarse valerosamente y entregarse a los surcos sonoros del cambio, confiando acaso en que ese poder destructor se muestre también en cierto modo revitalizador o le consienta al menos volver a pasar algún rato como los de antaño, pero abandonando para ello a los dioses lares que preservan la posibilidad de que aquellas épocas tuviesen significado, de modo que el recuerdo es a su vez un olvido. Para que se produzca esa característica impresión heroica es precisa la ruptura de todos los compromisos y un entrar en contacto con esa estructura subyacente que entre los modernos es el cambio, lo cual implica la destrucción de lo que quede del hogar y por tanto la desaparición de todo el sentido, no habiendo pues más que un paso entre Ulises y Beckett. Según vamos viendo, se identifican el héroe moderno y la decadencia. Esto tiene que ver con el carácter narcisista que antes le señalábamos, y por el que se induce en el fondo una indisposición con ese tiempo que le ha arrebatado lo que fue suyo y una incapacidad de vivir en él; en lugar de procurarse acomodo en ese cambio y fundar en él alguna –bien que inestable- permanencia, prefiere lanzarse en una carrera que no tiene más nombre que el de pulsión de muerte. Fácilmente podría atribuirse este carácter a aquel Imperio Británico esplendoroso y devorador, que con señero ímpetu se lanzó a gobernar la tierra sin intención de establecer en ella una ley y una moral. Pero, en fin, si, como decíamos, el único valor que está latiendo en el fondo de todos esos sucesos es el recuerdo, el regreso de algo pasado que se amaba, y esta espiral de acción significa una infidelidad y un olvido de fondo hacia ese pasado, se diría necesaria una crítica interna hacia la figura de ese nuevo Ulises y una búsqueda de otro modelo distinto que permitiese al menos preservar ese recuerdo en su objetividad y su pureza. Tal vez la modernidad no es un tiempo para héroes.

              Dado que en el poema de Tennyson resuena todo esto y mucho más, cabalgando en un endecasílabo cuasi celeste, con alas de ángel y rastros de espuma, y dando lugar al entendimiento y al disfrute, considero más que provechosa su lectura; y como no conociese ninguna traducción que se respete, a pesar de ser empresa quimérica, imposible, como lo es ya el original inglés, una poderosa terquedad me ha llevado a tratar de ponerlo en nuestra lengua para que al menos puedan sus lectores hacerse una idea, fiel por lo general, mas con alguna pequeña travesura.

Ulises

Poco aprovecha que, cual rey ocioso
junto a este hogar y estos peñascos yermos,
con una mujer vieja, asigne y guarde
dudosas leyes a una raza agreste,
que acopia y come y duerme y que me ignora.
No sé de paz: he de beber la vida
hasta las heces. Siempre he disfrutado
mucho y sufrido mucho, sea con esos
que me querían, o solo; en tierra, o cuando
por mil corrientes las lluviosas Híades
ofendían al mar. Me he vuelto un nombre;
pues siempre errando con hambriento pecho
mucho he visto y probado; urbes de hombres
y usos, climas, consejos y gobiernos,
no por lo bajo, sí cubierto de honra;
y hube placer de guerra con mis pares
allá en la arena y el orear de Troya.
Soy una parte de cuanto he hallado;
mas la experiencia es arco por donde entran
luces del mundo ignoto, cuyos márgenes
se apagan para siempre mientras ando.
¡Qué triste es detenerse y terminar,
perder el lustre y el fulgor del uso!
¡Cual si alentar fuese vivir! Cien vidas
serían muy pocas para mí, y de esta
poco me queda; mas cada hora escapa
del eterno silencio, un algo más,
cosas nuevas trayendo; y fuera vil
guardarme y recogerme por tres soles,
con mi alma gris que aúlla de deseo
por buscar ciencia cual estrella hundida
tras el linde del pensamiento humano.

Este es mi hijo, este es mi Telémaco,
a quien le dejo el cetro con la isla;
mi muy querido, tiene entre sus manos
esta obra de templar prudentemente
a un pueblo rudo, y con suaves pasos
rendirlo hacia lo útil y lo bueno.
Menos culpable es él, docto en la esfera
de ley común, y presto a administrar
oficios de ternura y a prestar
debidas honras a mis dioses lares,
no estando yo: lo suyo él, yo lo mío.

Ahí está el puerto: el barco hincha las velas.
Ahí el oscuro y ancho mar. Muchachos,
junto a mí rotos, sanos y curtidos,
que siempre dais amable bienvenida
al trueno y la alborada, presentándoles
libres pechos y frentes: somos viejos;
mas la vejez tiene su honor y su obra;
cae la muerte; pero algo antes del fin,
algún trabajo noble aún puede hacerse,
apto a los que lucharon contra dioses.
La luz empieza a irse entre las rocas;
cede el día; la luna viene; lo hondo
gime alrededor con muchas voces. Venga,
no es tarde aún a buscar un nuevo mundo.
En marcha, y bien sentados en los bancos
golpead la onda sonora; pues procuro
singlar tras el ocaso y las lagunas
del cielo de poniente, hasta morir.
Quizás un golfo nos arrastre al fondo;
quizás veamos las Afortunadas,
y al gran Aquiles, al que conocí.
Si se ha ido mucho, mucho queda; y si
no somos quien movió el cielo y la tierra
en otros días, somos lo que somos:
un mismo temple de heroicos pechos
por tiempo y hado flacos, mas con gana
de andar, buscar, hallar y no ceder.

Acerca Aleixandre Lago

Amante de la razón y el orden, con alguna lectura filosófica, que hasta ahora no ha llegado a mejor puerto que el amable escepticismo de Montaigne; alguna vez, cuando el día es bueno, puede decir con Chateaubriand: "salvo en religión, no creo en nada".
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