Silencio

La mayoría de amantes del cine que han visualizado las películas que conforman el núcleo duro de la obra cinematográfica de Scorsese dirán que el Scorsese terrenal, duro y crítico con la sociedad que dirigió películas como Toro salvaje (Raging Bull, 1980), Taxi Driver (1976) o Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) es mejor que aquel Scorsese religioso que firmó obras como Kundun (1997) o La última tentación de Cristo (The last temptation of Christ, 1988). Según esta tesis, Scorsese es más Scorsese cuando retrata, por poner algunos ejemplos, la mafia de Nueva York, la psicopatía con la que vuelven algunos veteranos de guerra tras presenciar el horror o la violencia con la que han vivido, o convivido, muchos americanos en una sociedad marcada por la droga y la delincuencia, que aquel Scorsese que se detiene a plantear cuestiones metafísicas o de índole espiritual, como por ejemplo la razonabilidad de la fe o la pregunta por la verdad de las cosas. Sin embargo, esta dicotomía o dualidad en la temática de la obra de Scorsese es sólo aparente: si estamos atentos a las cuestiones de fondo que cada una de sus películas plantea, veremos que el llamado Scorsese metafísico está presente en toda su filmografía: el vacío existencial o la pérdida de sentido están presentes en Taxi Driver, la índole sobre la verdad de uno mismo, y de la propia historia, es el punto fundamental de Shutter Island (2010), la insuficiencia de todo placer finito para acallar la insatisfacción que caracteriza al hombre recorre la historia del protagonista de El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) o el tema clave de la redención, y esto ha sido dicho en palabras del propio Scorsese, es tratado con holgura en la ya mencionada Toro salvaje.

En Silencio (Silence, 2017), Martin Scorsese nos hace seguir las peripecias de dos jóvenes jesuitas del siglo XVII, los padres Rodrigues y Garupe, que deciden viajar a Japón para saber qué ha sido de su maestro, el también jesuita Ferreira, de quien se dice que ha apostatado en público y que ahora lleva una vida según los dictámenes del budismo. Tanto el padre Rodrigues como el padre Garupe se niegan a creer que su querido maestro, un padre en la fe para ellos, haya renegado de Cristo, lo que les motiva a iniciar su viaje, a sabiendas de que los cristianos mártires en Japón se cuentan por miles. A partir de entonces, la película se desarrolla lentamente, con una pausa que mantiene el halo del espectador en vilo, con una fotografía que hace que uno recuerde para qué se va al cine a disfrutar de una película y con unos actores que bordan sus papeles. Andrew Garfield, el antiguo Spiderman adolescente, sabe mesurar su papel y es en todo momento creíble (Garfield está en estado de gracia puesto que, recientemente, como protagonista de la última película de Mel Gibson, Hacksaw Ridge, también impresiona con su papel de joven aparentemente atontado que, por el contrario, se acaba erigiendo en un auténtico héroe). Garfield, o mejor dicho el padre Rodrigues, quien realmente es el protagonista de la película, nos brinda los momentos de máxima tensión respecto a la relación entre fe y razón. Ante el espanto que le rodea, el de ver cómo los fieles al cristianismo, los miles de japoneses que tienen que vivir su fe a escondidas por la persecución cruenta a la que están sometidos por las autoridades locales (la película tiene también un valor documental e histórico, pues por lo menos quien escribe estas líneas desconocía la envergadura del conflicto acaecido en la época, como también algunas de las prácticas que los japoneses empleaban para intentar reducir al cristianismo a cenizas en la región, como por ejemplo uno de los métodos que empleaban para forzar la apostasía en público, el más reflejado en la película: obligar a los sospechosos de ser cristianos a pisar una imagen de la Virgen o de Cristo en señal de desprecio), son humillados, coaccionados, amenazados, torturados y asesinados, Rodrigues se pregunta, en los momentos de soledad, angustia y presión psicológica en los que se ve inmerso, sobre si realmente sus creencias no son una mentira sin sentido que están llevando a la muerte a cientos de vidas que han sido seducidas por el amor de un Dios que él percibe ausente. ¿Es realmente la fe un sostén en una situación de máxima violencia como la que rodea al protagonista? ¿Merece la pena dar la vida a cambio de permanecer fiel a Esa relación capaz de cambiar la vida, a aquella que está arraigada en lo más profundo del ser? ¿No es acaso hacer lo contrario una traición para con la propia historia? Y… ¿está realmente Dios presente? O, mejor dicho, ¿por qué Dios calla ante el sufrimiento que ahoga a sus fieles? Éstas son las preguntas que el padre Rodrigues va haciéndose, acechado por la cuestión de si la apostasía, sea cual sea la circunstancia en la que se dé, no es realmente un sacrilegio y una traición ante el Dios que se hizo hombre para sufrir por nosotros, ante el Dios que conquistó su corazón y el de los miles de japoneses que percibieron en el cristianismo un atractivo superior al de la religión oficial de su país. Sin intención de estropear la película, baste con mencionar cómo el título hace referencia a ese supuesto silencio de Dios que Rodrigues acusa pero que, sin embargo, acabará por comprender que nunca ha existido, pues el Cristo en el que cree no ha venido para dar explicación del sufrimiento, o para acabar con él, pero sí para llenarlo con su presencia.

En definitiva, ya sea el espectador religioso o no, es realmente formidable realizar una inmersión en la película y en las cuestiones que ésta plantea. Además, muchos de los elementos esenciales del cristianismo, tan mal entendido en el mundo en que vivimos, quedan iluminados magníficamente en esta película: el sentido del perdón y de la infinita misericordia de Dios que el cristianismo postula (ojo al esencial personaje del japonés convertido al cristianismo Kichijiro, el eterno pecador que acude una y otra vez en busca del perdón), el valor del martirio para el cristiano, pues es un testimonio para el resto del mundo, la razonabilidad de la fe incluso en medio (¡en presencia!) de las situaciones de violencia más extremas o la caridad son algunos de los aspectos abordados a lo largo de la obra. Si hay que buscarle un defecto quizá, y sólo quizá, sea su largo metraje, pero lo mencionado hasta ahora más las buenas actuaciones no ya de Garfield, sino del resto del elenco de actores (Adam Driver como el padre Garupe es el perfecto contrapunto a Garfield, Liam Neeson como el padre Ferreira, aunque aparezca poco, resulta estremecedor, el japonés Issey Ogata, que encarnando al inquisidor Inoue se convierte en uno de los grandes descubrimientos de la interpretación que hará el espectador occidental visualizando la obra, etc.) hace que Silencio se convierta en una película imprescindible. Y desde luego, dan ganas de acercarse a la obra homónima del escritor Shūsaku Endō, en la cual está basada la película; yo, no tardaré en hacerme con un ejemplar de la obra de este escritor curioso, por aquello de ser japonés y católico a la vez.

Acerca Fran Cañete

"Dejadnos solos, sin libros, y al punto estaremos perdidos y llenos de turbación. No sabremos a qué considerarnos unidos, a qué adherirnos, qué amar o qué odiar, qué es digno de respeto y qué merece nuestro respeto. Hasta los propios semejantes nos resultarían insufribles". Dostoievski