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Puesto que todo está en vías de destrucción

Junto a las figuras de Zygmunt Bauman, Gilles Lipovetsky o Byung-Chul Han, quienes representan probablemente la tríada de los grandes pensadores-estrella de esta sociedad que nos ha tocado vivir, destaca por su clarividencia y su originalidad la presencia de Fabrice Hadjadj, menos conocido que los tres anteriormente mencionados, pero no por ello menos acertado en sus reflexiones. Hadjadj, pensador de ascendencia judía, profesor de filosofía y literatura en Toulon y director del Instituto Europeo de Estudios Antropológicos Philanthropos de Friburgo, nos regala en su obra Puesto que todo está en vías de destrucción (Nuevo Inicio, 2016) una serie de reflexiones acerca de lo que él llama “el fin de la cultura y de la modernidad”, fin que, como él mismo indica en el prólogo de la obra, hace referencia al fin como punto último (fin como final) y al fin mismo como finalidad. Pese a que el título del libro da pie a que el lector piense que el autor del libro no pretenderá sino realizar una serie de divagaciones en tono apocalíptico sobre las circunstancias del mundo actual, lo que al autor realmente le importa es reflexionar acerca de la situación de la cultura hoy (o mejor dicho, de su esencia) en base a ese doble sentido de la palabra fin. Dado que el libro recoge una serie de conferencias pronunciadas por su autor en diversas ocasiones, alrededor de diferentes temas aunque, en el fondo, con un eje vertebral común, el ya descrito, nos centraremos aquí en dar algunas pinceladas del contenido del libro con ánimo de acercarnos a su pensamiento y con ánimo sobre todo de pensar acerca del mundo en que vivimos.

Comienza Hadjadj en el capítulo uno del libro recordándonos que la situación de crisis que vivimos en el presente no es exclusiva en el tiempo ni en la Historia. Sí conviene, sin embargo, discernir en qué consiste la novedad o la particularidad de nuestra crisis, aun cuando ésta sea consustancial a la historia (no hay que recordar sino el mito de las edades del hombre, que ya aparece en Los trabajos y los días de Hesíodo, mito que explica la progresiva decadencia moral en la que incurre la raza humana). Por otra parte, si nuestro porvenir ya está desde su origen en una situación comprometida, dice Hadjadj, habrá que tener en cuenta el pasado si queremos, de alguna forma, construir aquello que está por venir. En este punto, el autor saca a relucir una máxima del filósofo italiano Giorgio Agamben: “Contemporáneo es aquel que recibe en pleno rostro el haz de tinieblas que proviene de su propia época”. Esta sentencia vincula nuestra experiencia temporal personal con la experiencia de las tinieblas o la oscuridad que son propias de nuestra época. A la vez, esta misma sentencia nos vincula con la de todo pasado impregnado de la misma experiencia de crisis. Sin embargo, nos recuerda Hadjadj, nadie es capaz de reconocer la oscuridad si antes no se ha pertenecido a la luz, es decir, si antes uno no ha sido bañado por la claridad. De la misma forma, es imposible experimentar la angustia en la vida si uno no ha tenido antes esperanza. Pero, se plantea nuestro pensador, ¿en qué consiste esa luz o claridad que rechaza pero a la vez hace destacar las tinieblas? ¿Cómo afrontar estas tinieblas? No podemos hacernos esta pregunta sin tener en cuenta, citando textualmente a su autor, que:

Intellecta supra tempus, decían los escolásticos: la inteligencia, en su profundidad, está por encima del tiempo. Es verdad que se despliega en el tiempo, pero no depende enteramente de él. De ahí esta importante consecuencia: el porvenir de la inteligencia no puede consistir en una inteligencia que está por venir, es decir, en una inteligencia completamente diferente, que se plantearía problemas absolutamente nuevos o que aboliría las cuestiones eternas. Solamente hay porvenir intelectual en la profundización de un determinado pasado: leer la Biblia, Homero, Proust…pensar con Platón, Santo Tomás de Aquino, Descartes….Ése es el mejor porvenir terrestre para la inteligencia, y cualquier progreso soñado en términos de ruptura o de tabla rasa sería, en este caso, una regresión. La cultura es siempre la irrupción de lo intemporal a través del tiempo.” (p. 27)

Lo intemporal a través del tiempo…Siguiendo esta reflexión, no podríamos desvincular la tradición del presente si realmente queremos afrontar esas tinieblas de las que venimos hablando. Pese a todo, actualmente, y por desgracia, dice Hadjadj, podríamos secundar la siguiente inscripción encontrada en uno de los muros de Pompeya: “Me asombra, oh pared, que no te hayas hundido bajo el peso de las burradas con las que te han cubierto los hombres”. Nuestro autor aún va más allá y afirma irónicamente que, de hecho, la pared ha terminado por hundirse, hundimiento que se ha extendido a escala planetaria. Esta es una de las novedades de nuestra crisis, que viene dada junto con una conciencia extrema de la finitud de nuestra especie y junto con una pérdida del sentido de la historia. ¿Qué cabría hacer entonces, continúa reflexionando Hadjadj? ¿Restaurar el sentido de la historia? Parece difícil, pues los nombres de Kolymá, Auschwitz e Hiroshima parecen simbolizar el fin o la imposibilidad de las tres utopías en las que se han escudado los hombres en los últimos decenios: la utopía social, la utopía estética (Hadjadj vincula el nazismo con una especie de esteticismo) y la utopía tecnológica. Podría argumentarse que la muerte de tales ideologías implicaría una reapertura de la historia pero en el momento actual sólo se hace evidente la presencia de un desierto sin oasis. Y prueba de ello, dice nuestro autor en un pasaje tristemente humorístico por su mordacidad, es que lo que está ahora de moda es simplemente una biologización de la memoria y de la moral, de forma tal que se anula lo verdaderamente humano:

Los niños ya no saben gran cosa de los reyes de Francia, pero se apasionan por el pitecántropo y el tiranosaurio. La Fontaine hacía hablar a los animales para extraer de su charla una moralidad humana; actualmente, los hacemos hablar para decir que el hombre es el gran predador de la creación, y la única moralidad consiste, desde ahora, en vivir en armonía con los bebés probeta y los grandes tiburones…Ahora bien, cuando la memoria ya no se aplica más que a lo prehumano, los proyectos se vuelven hacia lo poshumano; y cuando la ética ya no se vincula más que a la naturaleza, la práctica se desvincula de la cultura.” (p. 29)

Precisamente, Hadjadj destaca cómo uno de los documentales más vistos del canal History Channel es precisamente un documental antihistórico: Life after People, que responde a la pregunta de cómo será la Tierra cuando nuestra especie desaparezca. Se trata, continúa el pensador citando a Günther Anders, de la obsolescencia del hombre: ninguna utopía política parece capaz de librarnos del vértigo de nuestra finitud.

Una implicación de este nuevo concepto de ser-hacia-la-muerte-sin-rastro (concepto que retuerce el ser-hacia-la-muerte heideggeriano) es que en nuestra cultura actual el placer estaría más identificado con la idea de explosión (reventar de satisfacción ante los estímulos provenientes del exterior, y contra más estímulos acumulemos mejor, pues al fin y al cabo moriremos) que con la idea de recogimiento (que tiene que ver con la simple alegría de estar vivo, con una mirada hacia nuestro interior) o de inmovilidad, que se perciben como desgracias alrededor de la sobreexcitación general de nuestra sociedad. En efecto, analiza Hadjadj, cuando se tiene conciencia de finitud y ya no se cree en la duración, al ser humano le queda o lo instantáneo o solamente el más allá, reflexión que explica acudiendo a los conceptos de tecnocracia y teocracia, vertientes a las que el poshumanismo puede dirigirse. La tecnocracia, hoy día, argumenta el filósofo, se consagra a una persecución del placer del hombre en un universo fundamentado en lo virtual, la biotecnología, la nanotecnología, etc. Y esto presupone que la vida no puede ser por naturaleza gozosa, y que por tanto habrá que forzar ese goce mediante artificios que garanticen nuestro placer.

Por otra parte, la teocracia se rebela contra la tecnocracia, y acusa su vacío. Realmente, la teocracia sería más antihumanista que poshumanista, aunque lo poshumano le sirva para reforzar o tener nuevos argumentos. Es antihumanista porque ofrece un sentido de la vida basada en el mero espiritualismo, espiritualismo que reduce al hombre a ser un mero cuerpo que sirve como material de guerra (de esta forma, como en el caso de la yihad, lo verdaderamente paradisíaco es hacerse saltar por los aires en nombre de Dios). De esta forma, la teocracia se defiende a sí misma como verdadero depósito de la fe y del martirio, cuando realmente martirio significa “testimonio” y cuando la verdadera fe, que significa la creencia en un Dios creador, no se rebota contra lo material ni contra el tiempo histórico sino que defiende ambas cosas en tanto que son obras de Dios.

Por tanto, la teocracia denuncia el vacío de la tecnocracia y la tecnocracia huye o se evade de la primera, cuando ambas cosas son realmente una caricatura de lo verdaderamente humano, una caricatura que

coinciden en un mismo terreno utilitarista (material aquí, espiritual allí) y en un odio común a la cultura y a cualquier porvenir intelectual (…). Pero, tanto el uno como el otro, creen poseer la receta de la buena existencia o, por decirlo así, la solución final. Ambos rechazan la exigencia de la problematización y la profundización en el misterio”. (p. 32)

¿Qué hacer entonces ante este doble callejón sin salida? Hadjadj recurre a la famosa sentencia de Marx según la cual “los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras, cuando lo que importa es transformarlo”, para aseverar que hoy día no basta con transformar el mundo, sino que hay que preservarlo, preservarlo de estas nuevas tendencias que nos ahogan a nosotros y por tanto, a nuestro mundo. De hecho, la palabra crisis, nos explicará Hadjadj, significa precipitación, pero también significa, originariamente, discernimiento. La crisis actual nos debe de servir para un cuestionamiento radical de las causas primeras que hacen que precisamente esta crisis ahonde en nosotros mismos y en el Otro y, nos debe de servir para, como hacían los antiguos monjes, buscar lo definitivo:

El mundo podía ser desesperante, pero eso no les impedía cultivar la tierra, leer, construir, educar, socorrer a los pobres y componer música. Ningún desastre podía apagar esa luz: el temblor de tierra llega sin duda a conmover el Cielo, pero no puede devastarlo y, precisamente a partir de ese recurso que procede de lo alto, se hace posible salvaguardar y construir a pesar de las incesantes destrucciones y, además, cantar aun cuando no canten las mañanas. Los horizontes bloqueados son ocasión de una conciencia más vertical. Es la única forma de darnos cuenta de que no se nos debe nada, pero ¿qué quiere decir eso? Una de dos: que todo es nada o que todo es gracia.” (p. 37)

Es con esta reflexión con la que acabamos la presentación del libro de Hadjadj: o todo es un obstáculo, o todo es una oportunidad. Si la segunda opción es nuestra respuesta debemos de recuperar una cultura humana que nos “preserve” de las nuevas corrientes en las que el poshumanismo desemboca.

Acerca Fran Cañete

"Dejadnos solos, sin libros, y al punto estaremos perdidos y llenos de turbación. No sabremos a qué considerarnos unidos, a qué adherirnos, qué amar o qué odiar, qué es digno de respeto y qué merece nuestro respeto. Hasta los propios semejantes nos resultarían insufribles". Dostoievski