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Pintar

Pintar al óleo es como hacer una mahonesa. Hay que poner los ingredientes en el mortero y mezclarlos hasta conseguir que cuajen formando un nuevo elemento diferente de los componentes iniciales. La pintura al óleo, en su forma clásica, tal vez porque los ingredientes son casi los mismos, se comporta de manera parecida. Hay que ir colocando los distintos colores sobre el soporte de manera que se fundan entre sí hasta que, lo que inicialmente eran solo pinceladas, deja de ser pintura para cuajar en una imagen de conjunto que, como la mahonesa, va más allá de la suma de sus ingredientes. Ese momento mágico es la culminación de un proceso que se inicia con una idea en la mente del artista y va tomando forma a través de la manipulación de la materia, hasta conseguir la suficiente consistencia para tener entidad propia; cuando se sostiene por sí misma, como la mano de mortero en la mahonesa cuajada.

También en eso la pintura ha sido un fiel reflejo de la sociedad de cada momento. Las pinturas rupestres, más que una representación del mundo eran su continuación, una emanación de las rocas donde se asentaban. Esos animales «salían» materialmente de la piedra, se ofrecían al pintor al ser reconocidas por éste, en sus formas en los relieves y rugosidades de las paredes o troncos. Del mismo modo que cuando nos entretenemos al observar y en las nubes se nos aparecen personajes. Después el pintor le añade los pigmentos (extraídos de la propia roca) para destacar el perfil de la figura del fondo. De esta forma se singularizan los animales, las personas, los objetos de su entorno. De algún modo se les nombra y adquieren su personalidad diferenciada. Aparece la cultura, el pensamiento mágico y el hombre comienza así, a distinguirse de la naturaleza.

Con el tiempo comenzó a representar, además de las formas del entorno, las imágenes de sus sueños y temores, sus dioses y sus demonios. El arte busca los pigmentos y materias más preciosos para recrear sus imágenes. Los templos son la casa de Dios y la vida, el pueblo y el conocimiento giran a su alrededor. Dios es el principio y el fin de todas las cosas y las artes no tienen otra misión que reflejar su grandeza. Pero una parte de esa grandeza comienza a fluir hasta algunos hombres que se consideran favorecidos por la providencia divina y, por lo tanto, creen necesario hacer evidente ese favor, mostrando a los demás su propia gloria. Y para ello contratan a los mejores artistas para que plasmen, no ya la imagen de Dios, sino la de su patrocinador, lo más fielmente posible, con el ánimo de inmortalizarlo. Así aparece el retrato, el culto a la personalidad, es el comienzo del individualismo y los inicios del capitalismo. Las personas no valen por lo que son, sino por lo que tienen. Se venera el objeto y el objetivo. Aparece el coleccionismo. En la medida que la pintura se hace más precisa, más fiel a la realidad, hasta el punto de no distinguirse la una de la otra, más se singularizan y distinguen unas personas de otras. Significativamente también es cuando aparece la ciencia, que distingue y divide los elementos entre sí, en partículas cada vez más minúsculas.

Con la llegada de lo que ha venido a llamarse progreso, los humanos creemos desprendernos de los condicionantes de la naturaleza. El velero deja paso al vapor. Se construyen máquinas que nos liberan del esfuerzo físico. Se observa la difracción de la luz, los colores se separan, se descomponen en su espectro de luz. Los pintores toman conciencia de los niveles y conflictos sociales y los reflejan en sus obras. También el cuerpo y la mente humana se analizan y descomponen en sus partes. El átomo estalla. Y con ese estallido las imágenes pictóricas también se descomponen, sus formas vuelven a ser únicamente colores. Nunca se había sabido tanto de la naturaleza de las cosas, ni la sociedad fue tan fragmentada. La falta de cohesión se manifiesta en los cuerpos y en las mentes. Los cuales se disocian y nuestra naturaleza nos es aliena. La abstracción se impone, el autor y la autoridad se desvanecen, el hombre se desentiende de los ciclos naturales y libera sus propios flujos y humores sin propósito alguno. Dios desaparece de su obra. El arte deja de ser figurativo para descubrir formas nunca antes contempladas. La pintura y los materiales se vuelven sintéticos. Todo lo que se piensa puede (y debe) ser posible. Ser diferente es el objetivo. La informática permiten que cada uno exprese sus propias opiniones, sus deseos, sus sueños y temores. Su imagen y personalidad se expanden por la red. Cada uno se erige en su propio Dios. La pintura se vuelve minimalista, el muro vuelve a ser solo muro, el detalle se amplifica, las formas ya no se reconocen y tampoco los nombres. Las partículas se separan. Solo nos queda la contemplación.

La mahonesa se ha cortado, la mano de mortero no se sostiene. Las imágenes son infinitas, nunca hubo tantos dioses, tantos iconos… pero ninguno cuaja. Nadie conoce el lugar que ocupa. El conjunto no se contempla… El pintor debe mezclar los colores, juntar las pinceladas… hasta el instante mágico en que de los pigmentos surge algo entero, diferente a la suma de sus componentes.

Acerca Josep Nogué

Toda mi vida ha girado entorno de las artes plásticas. Primero como diseñador gráfico, después como ilustrador y más tarde del dibujo y la pintura. Busco que cada gesto sea preciso y directo, como la estocada de esgrima: que cada pincelada haga sangre.
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