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La traducción antropófaga

Es imaginativo. Es altamente creativo, profundamente original. Aquello que ve o lee no provoca en su mente una vulgar o mecánica asociación de ideas. Reflexiona sobre ello, lo critica, y, gracias a las combinaciones fantásticas y maravillosas que establece, llega a nuevos pensamientos, nuevas ideas, nuevas realidades.

Fernando Pessoa

Un legado digestivo

Con esta reflexión acerca del genio de Fernando Pessoa quisiéramos hablar de Haroldo de Campos –y su teoría de la traducción– para catalogarlo como un autor genial, con una visión única acerca de la tarea del traductor. Bien valdrían estas palabras para describirlo, que sirvan de precedente para dar comienzo a este trabajo, que abordará la noción de traducción transcreativa y la metáfora de la antropofagia. Si bien, como todo genio, éste también tuvo su precursor, el poeta y novelista carioca Oswald de Andrade.

Oswald de Andrade fue pionero en el modo de emancipar la lengua portuguesa de su pasado colonial en la concepción de idear una poesía, nueva y original, donde se incorporaran elementos del lenguaje coloquial, los modos y formas brasileños del hablar común. Un autor que en l928, despuntó con la publicación del Manifiesto Antropófago al modo de un irreverente texto en defensa de una antropofagia crítica y creativa. Devorar los años civilizatorios, la acumulación de conocimiento y literaturas de la basta biblioteca occidental, sus textos más celebres, sus más conflictivos. Devorar toda esa experiencia en beneficio y al servicio de la cultura brasileña, todavía débil, joven, pequeña. Una cultura con las necesidades de crecimiento, que como el niño debe crecer y para crecer se tiene que comer bien.

Un manifiesto hermanado con la publicación en 1924, del Manifiesto de Poesía Pau Brasil. Aquí Oswald de Andrade, todavía tímido, pero ya presagiando sus ideas futuras; apoyará la creación de una poesía que se nutra estéticamente del patrimonio cultural autóctono. La poesía debe hablar de la favela, el Carnaval de Río, la samba de Botafogo. Anunciando ya una proclama a la digestión de lo necesario de la cultura ajena –economía, química, mecánica, balística– sin reminiscencias etimológicas ni ontológicas.

Es la conciencia de un poeta sensibilizado con su tiempo, con su tierra. Un poeta, Oswald de Andrade, brillante, genial, pantagruélico, antropófago. Y a sabiendas de que para él, la poesía representaba el esfuerzo (consciente e inconsciente) de forzar ruidos dentro de lo redundante del lenguaje, para con ello hacer surgir un nuevo sentido. A este respecto Oswald coincide con Drummond de Andrade que reclama el poema como tierra propia, natural, genuina del poeta, uno lugar de referencia para con ello “penetrar sordamente en el reino de las palabras. Será la poesía la que ordena, la que manda, la que concede el poema. Es por lo cual para el modernismo brasileño – de la mano de estos dos autores – la poesía es un dar sentido. Un dar sentido entorno al color de la vida brasileña. Estableciendo la búsqueda de la síntesis perfecta a través de la palabra poética, para conciliar el sentido de una nación tan tumultuosa como el Brasil. Todo es palabra, una palabra apta para reflejar la civilización contemporánea, para expresar todo el color y la riqueza del país.

En el Manifiesto Antropófago todas esas ideas previas son llevas al límite, hasta la extenuación. Un manifiesto firmado e inaugurado a partir del año de la muerte caníbal del Obispo Sardinha, primer obispo del Brasil. Efemérides de la antropofagia, en el año 1556, que debe iniciar la transvaloración. Lo curioso es que el apellido del Obispo coincide con el nombre de un pescado muy común entre los pobres; ágil ironía. Manifiesto vinculado con la vanguardia dadaísta y surrealista, en la medida en que proclama un espíritu irreverente y subversivo, de lucha y conquista por un pasado expropiado y reivindicando una hostil agresividad frente a una tradición europea colonial, que nunca había reconocido la integridad y legitimidad de los pueblos y culturas indígenas. Ante el gran rechazo que ella, desde su razón occidental y su fe católica habían proclamado, lo más sensato era comérselos.

Manifiesto que también puede leerse en clave de arte protesta en la forma de un canto hacia la dignidad de la diferencia, en la indagación de una plenitud secuestrada. Es el deseo de contribuir a la liberación del sujeto tanto en el plano ético como estético. Mucho podemos decir del Manifiesto, con respecto a la cuestión traductora, hay un ideal que nos parece fundamental subrayar:

Sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago.

Este era el principio esencial para fundamentar la antropofagia, la cual debía servir para unificar a todos los hombres, eso es, a todas las culturas indígenas libres de los viejos aranceles y ataduras del colonialismo imperial. Este será integrado, masticado y deglutido en la forma caníbal de la absorción crítica. Es una invitación suprema hacia la inversión del orden (burgués, blanco, dominante) a través de la figura del salvaje devorador de hombres.

Y al igual que Nietzsche invitaba a filosofar a martillazos para construir la transvaloración del platonismo y con ello de toda la filosofía occidental que había devenido nihilista; Oswald De Andrade postula invertir el tabú en tótem, es decir, trasmutar de lo opuesto a lo favorable y con ello, ganar. Por lo cual, devorando al legislador, al opresor, que vela por los derechos y privilegios de las elites, estamos incitando a la aniquilación de la moral que oprime e invita al tedio y la consolación, aquella que nos convierte en esclavos de cadenas invisibles que se redimen en metafísicas imaginarias hacia mundo que no existen.

Es la iniciación a un rito sagrado, donde el comer al enemigo no se realiza por hambre o gula, sino como acto simbólico de conquista y absorción de sus mejores cualidades. Rito alquímico de sublimación que Oswald de Andrade quiere remarcar como otro modo de expresar la subjetividad, de entender e interpretar lo real. Así, la traducción antropófaga es otro modo de interpretar la realidad textual, de entender el texto, de leer y pensar.

El Manifiesto es una obra comprometida con su originalidad, un aliento fresco para una literatura que ya nació adulta –barroca– y necesitaba nutrirse de sabia nueva, nuevos mitos, para seguir creciendo, esa debe ser también la concepción del traductor. La ardua tarea de crear un segundo original que sea constructor de identidad, de literatura brasileña.

La metáfora de la antropofagia

La metáfora de la antropofagia representa una de las más radicales figuras alegóricas que puede encontrar un traductor, tal vez la más exagerada. Se trata de comer los textos del enemigo para combatirlo de la forma más extrema, pero también para integrarlo como algo nuevo al trasfondo de una cultura –la brasileña de mediados del siglo pasado– todavía sin una definición clara. Se trataba de un canibalismo fértil, de una ingestión amorosa que desvelara el carácter heterogéneo del Brasil. La idea de una cultura por hacer y de una identidad nacional débil, la encontramos en la genial obra de Mário de Andrade, Macunaíma.

Macunaíma es el héroe sin carácter, despersonalizado, hijo de la noche y la selva espesa, que ejemplifica el sentir del pueblo brasileño, sin civilización propia ni conciencia tradicional. Es por lo cual la obra, fue planteada y presentada como un juguete, abierto a la lógica de las interpretaciones posibles, para ser entendida como se quisiera. Quería ser recibida libremente y aspirar así a expresarse como símbolo nacional, rapsodia –fábula maravillosa– de construcción de un mito, al hilo de las grandes leyendas medievales o los viejos cuentos populares. Una leyenda sobre un dios salvaje que es un auténtico fracaso, un héroe quejica sin personalidad.

Sobre esa fina liana –el trazado por Macunaíma y el vanguardismo poético– se aferra el proyecto traductor de Haroldo de Campos. Un proyecto nacional que busca integrar todo lo bueno y noble del otro para la configuración de una literatura nacional. Una nacionalidad comprendida dentro de la heterogeneidad y magmatismo de su país.

Hay por lo tanto una alerta para lo que se come, es decir, para lo que se traduce, “únicamente hay que comerse lo que queremos ser”. Es por lo tanto un proceso de transformación del otro en parte de nosotros, llevando al extremo la posición del ideal alimenticio somos lo que comemos, en tanto en cuanto la alimentación configura las virtudes o defectos de nuestro carácter. Sucede lo mismo con la traducción que –bien masticada y digerida– pasará a formar parte, de forma única e integrada, del patrimonio cultural del país. Un país, Brasil, repleto de contrastes y diferencias, también de dudas para con un pasado de dominación que si bien es rechazado, todavía sigue anclado en los fundamentos que constituyen la nación y con ello la idiosincrasia de su pueblo.

Se está jugando en el plano de la metáfora de la asimilación, masticar bien las ideas del otro para que no se atraganten, porque estamos concibiendo el aprender como comer y el entender como asimilar. Las ideas que no se entienden, no han sido integradas. Ahora bien, estas ideas no son cualquier idea, sino el legado cultural universal.

En la necesidad de pensar la diferencia para recrear una identidad en diálogo con la tradición europea pasada por los ácidos del estómago y absorbida por el organismo junto con un sentido de lo autóctono más allá de lo local. Haroldo dice así “una nueva idea de la traducción (antitradición) que opera como contravolución, como contracorriente opuesta al canon prestigioso y glorioso”.

Y una idea de la tradición, en relación a la idea expuesta por Theodor W. Adorno, como antiguallas, lo relegado al margen, lo que se ha quedado fuera del camino y por Walter Benjamin como la exigida por el derecho de los oprimidos. Es por ello que la visión antropofágica desprecia el original, en la medida en que el original ha sido entendido tradicionalmente. Por ende, es una traducción que lejos de la fidelidad o respecto que suele todavía tener hoy la traducción para con el original; utiliza dicho material para sus propios fines. Siguiente con la lógica alimenticia, no es que quieran preservar el bistec, sino es que necesitan catalizar sus proteínas. Es ir más allá del significado o de la forma para canalizar la información estética del texto original, aquella que se necesita para dotar de alas a la creación crítica. La tradición no es un legado al cual debamos estar de rodillas, reverencialmente, entregados a él; al contrario, la tradición debe ser expropiada, pues no existe, está en nuestro imaginario.

Se trata de revitalizar la cultura pre-colonial, la cultura que fue barrida e ignorada por los conquistadores. Cuando se remite al mal salvaje se está revitalizando unas prácticas estigmatizadas por los europeos, que dejaban en el bando de la sinrazón o del pecado a unos hábitos ancestrales cuya lógica –todavía hoy– nos es un completo misterio. El mal salvaje representa todo aquello que los colonizadores trataron de destruir, tratar de defenderlo no sólo es ir en contra de sus ideales, sino también reivindicar un patrimonio prácticamente desaparecido por el predominio colonial. Rescatando al vanguardista Oswald de Andrade es recuperar del cajón de la memoria perdida un legado que fue expropiado, el recuerdo de unos actos obscenos para la mentalidad cristiana, el arma identitaria para rehacer un pueblo entero. Y con la certeza de que cada cual considera bárbaro lo que le es ajeno, aquello que no pertenece a sus costumbres.

Del primer antropófago

En el orden de esta genealogía, lo cierto es que antes de Oswald de Andrade ya hubo otras autoridades. Haroldo de Campos, rescata del olvido al poeta barroco Gregório de Matos, proclamado padre del movimiento, en cuyo trabajo como traductor ya se presagiaría el ideal antropófago. Gregório de Matos se postuló como devorador experimental en el momento en que decidió manipular dos sonetos de Góngora en un tercero Discreta e formosísima María. La razón antropófaga, definida como “una antitradición que pasa por los vasos de la historiografía tradicional, que se filtra por sus brechas, que toma sesgos por sus fisuras” sería, por lo tanto, un fenómeno heredado desde los mismo orígenes de la literatura brasileña.

Aquí de lo que se trata es de reclamar, para la diferencia, una definición de la historia (alternativa) y una idea de tradición complementaria, en la medida en que se proclama, no el ancho camino que conocemos como legado universal, sino sus brechas, sus fisuras, sus huecos. Complementando así lo que la tradición convencional siempre había ignorado, aportando el pensamiento del otro. Gregório de Matos fue un autor que supo combinar ambas tradiciones: los textos clásicos del barroco –Camões, Góngora, Quevedo– junto con elementos distorsionados del lenguaje, africanismo e indigenismos en un juego intertextual en el que “los elementos locales se mezclan con los estilemas universales”. De Matos se divierte con el lenguaje y mezcla tradición (europea) y cultura (indígena) a placer del texto. Elogio de un trabajo en el que no hubo diferenciación entre creación poética y traducción, ese fue también el ideal de Haroldo de Campos.

En esta misma posición, encontraremos también digno de rescatar al teórico y traductor Manuel Odorico Mendes, criticado tradicionalmente, quien supo llevar a cabo una traducción creativa en su versión reducida al portugués de la Odisea. Escribe Haroldo, “sus notas a los cantos traducidos dan una idea de su cuidado en capturar la vivencia del texto homérico, para posteriormente transponerlo al portugués, dentro de las coordenadas estéticas que había elegido”. Y aun admitiendo sus errores o vicios en la propuesta, considera elogioso la apuesta por una traducción que arriesga y juega con el idioma. Una traducción, que lleve hacia los límites el idioma portugués, limítrofe en estas circunstancias con el griego antiguo, el de Homero, el del viejo canto de las musas. Haroldo, es consciente de los riesgos que se pueden correr, extravagancias que podrán surgir por el camino, pero bien sabe que siempre es mejor arriesgar que seguir repitiendo. Es por ello, que en su propuesta teórica sobre la traducción pretende rescatar a autores como Gregório de Matos u Odorico Mendes, que fueron valientes, no vacilaron frente al abismo de la tradición.

Es la cita de Ezra Pound siempre presente, una gran época literaria es quizás una gran época de traducciones. Pound fue un teórico y poeta clave para la trayectoria de nuestro autor, donde en uno sus ensayos, lo expresó en el famoso slogan Make it New. Dar una nueva vida al original mediante la traducción, sin concesiones con la literalidad o la fidelidad; del modo de captar el tono del original en un segundo original. Frente a esas grandes obras, textos canónicos cuya traducción se presenta como difícil e intrincada, es necesario re-crearlos. O dicho de otra forma, si hay textos presuntamente imposibles de traducir, entonces el modo de traducirlos será creándolos de nuevos, es decir, transmitirlos en otro código artístico, en otra lengua e información estética autónomas.

Con lo cual, la traducción es un género literario tan elevado y noble como la poesía o la narrativa. “Entonces, para nosotros, toda traducción de textos creativos, será siempre “re-creación”, o creación paralela, autónoma aunque recíproca”, escribirá. La traducción será transcreativa o no será, es decir, aparecerá al lado del original, completándolo, invocándolo, reanimándolo. Aquí se expresa un modo particular de entender la obra –que teorizó Umberto Eco– en tanto objeto compuesto de un entramado de efectos comunicativos, en el cual cada nuevo lector, desde su experiencia, puede comprender una la obra que permanecerá siempre abierta, disponible.

La comprensión quedará del bando del receptor y su idiosincrasia. La obra está abierta, en juego, en movimiento y el traductor es un intérprete privilegiado, encargado de dar nueva forma a la información estética del original. Transcrear es volver a glosar la glosar del poema a componer a través de un juego fónico e infinito que pretenda renovar el lenguaje y la tradición.

El grupo Noigandres

Sobre la base de todas estas ideas, aparece –ya en la perspectiva de los años cincuenta– el grupo Noigandres, en el que se incluye no solamente a Haroldo de Campos como miembro fundador, sino también a su hermano Augusto y a Décio Pignatari. Cabe destacar su arriesgada apuesta hacia traducciones de textos intraducibles entre los cuales destacan fragmentos que vertieron al portugués de la monumental obra de James Joyce Finnegans Wake.

Haroldo argumenta claramente que “la traducción de la poesía (o de una prosa con un grado igual de dificultad) es antes que nada una experiencia de introspección en el mundo y en la técnica del texto a ser traducido”. En un proceso complejo, el artefacto habrá de ser desmontado y vuelto a crear pero con vestiduras diferentes, manteniendo la belleza de los colores, la fragancia, la elegancia del original y siendo uno nuevo. Es preciso la importancia de una traducción que sea crítica con el material tratado, muestra de un cuidado y una atención particulares por parte del traductor, que ha sabido leer el origina. Toda lectura atenta será una lectura crítica. Idea clave para la visión del movimiento de la que nuestro autor formó parte y en la que la crítica ha de servir de alimento para el impulso creativo. Con ello, la traducción es una forma privilegiada de lectura crítica, cuya función es intertextual y cuyo trabajo es la re-creación de un nuevo original. La idea es que la traducción sea una página o capítulo más en el basto libro de la teoría literaria o si se quiere en el juego de relevos que es la interpretación textual. Un trabajo que ha de ser colectivo (agrupar poetas y lingüista, críticos y traductores) que en rigor estén sensibilizados con la propuesta de crear una belleza fundamentada en la acción, en el movimiento, un laboratorio experimental.

Noigandres reclamaba para sí la tradición concretista –ya presagiada en el Manifiesto Antropófago– que pretendía hacer de la poesía lanza y adalid alrededor de ciertos temas fundacionales del Brasil. Reclamando el derecho a repensar la condición poética en tanto síntesis entre lo universal abstracto y lo concreto nacional. Junto con el legado barroco y su espiritualidad en la medida en que fue el momento en el cual el ser humano se sustrajo de las costumbres canónicas y miró por primera vez el mundo como un lugar abierto y en constante movimiento. La poesía concreta, fenómeno que pretendía recanibalizar una poética y que el grupo no solamente influyo para con otros artistas, sino también se expandió en otros ámbitos culturales como el arte, la pintura, la arquitectura o la música de su país. Algo estaba pasando, se estaba extendiendo una nueva forma de entender el arte y ellos eran los pioneros de esa subversiva concepción, la razón antropofágica se estaba propagando. Una nueva razón dotada de “mecanismos que trituran la materia de la tradición como dientes de un ingenio tropical, convirtiendo tallos y tegumentos en bagazo y caldo zumoso”

Así pues, Latinoamérica, en sus diversas exposiciones –sea la novela o la poesía– ha sabido responder, desde su originalidad, a la tradición europea heredada y darle un carácter auténtico, genuino, local. La traducción juega con toda esa tradición ignorada por la historia, necesariamente revisada, que requiere con urgencia una reescritura. Traducir es entonces reescribir la historia, para una utopía que vendrá, para una sociedad futura alimentada con el aliño de un pasado masticado y regurgitado para su provecho. Digamos entonces: Hoi bárbaroi.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.