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La séptima función del lenguaje

La séptima función del lenguaje –la genial novela de Laurent Binet– se nos impone como una totalidad indescifrable. Es una novela que juega con la teoría crítica y su especulación, que juega a novelizar sobre quien un día se atrevió a novelizar: la teoría literaria. Roland Barthes ha muerto atropellado en extrañas circunstancias: una furgoneta de lavandería conducida por un serbio histérico mata al gran semiólogo francés y un importante documento que le pertenecía, desaparece. A partir de ahí la trama se enreda en una investigación policial sazonada de sátira política, ironía reivindicativa, excesivos personajes, delincuentes filosóficos y un joven profesor universitario que hará las veces de Sherlock Holmes para ayudar a un torpe inspector, incapaz de interpretar la jerga intelectual o a sus seguidores: Foucault, Eco, Searle, Derrida, Chomsky, Althusser, Deleuze, Guattari, Lacan, Cixous, Sartre (que también pasaba por allí), Kristeva, Sollers, Sokal, Butler e incluso Pierre Bourdie, sí Pierre Bourdie. Personajes en una función intertextual inaudita, una novela que a la par que se burla de ellos, los reivindica. Ahora bien, si el lector no es entendido en la French Theory o sus vericuetos (o al menos no tanto como yo y yo lo soy poco y gracias a la Wikipedia) lo pasará mal; porque la novela es compleja, en algún momento desmesurada, híbrida, confusa y repleta de citas y pseudo-citas en un ejercicio literario divertido y fragmentario. Porque la época de los grandes relatos ha desaparecido y nuestra modernidad –algunos se han cansado ya de decirlo– es una modernidad líquida sin límites: por la mañana nos levantamos desayunando con noticias de bombardeos en algún lugar (Síria) y por la noche, antes de ir a dormir, vemos películas de cine bélico hiperrealistas (tipo Segunda Guerra Mundial, pero tan bien hecha que parece ahora: la sangre salpica). Nuestra era es la gran función (sin referente) en la que realidad y ficción se mezclan; y de eso también quiere hablarlos el autor (Binet) consciente de que –y ya lo demostró en HHhH– la frontera está desierta. Los límites entre ficción y realidad se han disuadido en este mundo espectáculo en el que vivimos (Guy Debord) y ya nada es lo que parece. Frente a ello, la semiología o el semiólogo como arma para interpretar los signos: durante el proceso de escritura el gran Umberto Eco aún vivía. La semiología –y Barthes fue un gran innovador en la materia– para interpretar la vida (capitalista y sus mitos) y obligarnos a responder si es que acaso somos personajes de una novela (como se pregunta el protagonista) o todavía tenemos autonomía (como diría Kant). No sé qué pensaría de todo ello Roman Jakobson (quien ideó las funciones lingüísticas, heredero de Saussure), tal vez se hubiera reído: la última gran carcajada del genio ruso.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.
  • Maria Arambarri

    Es un librazo y se disfruta el doble si se pillan las referencias. La escena de Foucault en la sauna gay en uno de los primeros capítulos es imperdible.

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