Inicio - Cine & Series TV - La Liga de la Justicia

La Liga de la Justicia

Ha llegado la hora de los héroes, aquellos que se ponen la máscara por el bien de la humanidad, que no sienten miedo a la muerte, que no temen por su integridad física, que dejan atrás sus vidas personales en pos de un mundo más justo, que aspiran – ante todo y sobre todo – ha derrotar al mal, al mal supremo, al mal por definición, innegable, radical, extremo; en este caso al más que lamentable villano del film que nos atañe La liga de la justicia (2017), Steppenwolf.

Éste es un dios todopoderosos venido de otro mundo, que se alimenta de energía cósmica; de ahí su increíble poder y afilada hacha, cuya motivación existencial es recuperar tres cajas que perdió hace cientos de años en una batalla crucial contra la humanidad, eso es los seres humanos; las Amazonas (que más tarde serían relegadas a vivir ocultas en una isla paradisíaca misteriosa, y no sabemos muy bien el motivo, véase Wonder Woman (2017) y los Atlantes, quienes a consecuencia de la victoria fueron también expulsados de la superficie y «condenados a vivir bajo el mar»; tampoco hayamos respuesta. Estas tres grandes civilizaciones, una los “hombres”, otras de “mujeres guerreras” y la última de “hombres/mujeres-pez” derrotaron conjuntamente al villano Steppenwolf, quien tuvo que irse en retirada y dejar así sus tres preciadas cajas. Dichas cajas o cajas-madre, contiene poder, mucho poder, una energía/tecnología/magia ilimitada; que solo un androide muy inteligente (construido de similar tecnología) podrá adivinar. Sobre el Cyborg, véase la historia incompleta de Victor Stone, quien murió en una trágica explosión y cuyo padre, un prestigioso científico a cargo de la investigación entorno a la nave que trajo consigo el General Zod, decide reconstruir a su progenie con la alta tecnología kryptonaiana.

El caso es que, Steppenwolf pierde sus tres queridas cajas (de nuevo el abuso en el mundo del cómic, o al menos en sus adaptaciones, de concebir cajas (de Pandora) capaces de desatar el fin de los mundos. Tras la victoria en el bando terrícola, estas tres importantes cajas se reparten por igual. Una para los Atlantes, quienes la guardan en el fondo de los océanos, otra para las Amazonas, quienes la custodiaran en un templo sellado y concebido para la ocasión y por último los hombres, quienes la entierran sin más. Más tarde los hombre edificaran por esa zona, una central nuclear (actual Ucrania) y sobre «ese temible artefacto capaz de crear y destruir mundo» vivirá una adorable familia ucraniana, padre, madre, hija e hijo muy pobres. Durante toda la película iremos viendo la vida de esta humilde familia, de hecho aislada del contexto, podría ser considerada una cinta costumbrista, algo parecido a Tarkovski, al joven Tarkovski por supuesto, no al Tarkovski más maduro y reflexivo.Veremos la pobreza de ese yermo ucraniano (la deshidratación del antiguo régimen comunista), el sufrimiento y la desafección de vivir en una zona insegura y hostil; sobre todo desde la reciente llegada de los secuaces de Steppenwolf, los así llamados Parademonios. De hecho hay un momento en el que el padre, cansado de esperar dentro, decide pasar a la acción y sacar (de debajo de dónde) su escopeta. Aquí, más que una pobre familia ex-soviética, nos recuerda al clásico clan tejano; lapsus geográficos típicos de los americanos.

El caso es que, el susodicho villano, que es la encarnación del diablo (de ahí su cornamenta en forma de casco vikingo) recupera las cajas (¡oh sorpresa!) y no nos queda otra alternativa que resucitar a Superman. Hasta la fecha, los héroes que habían ido reclutando Batman y Wonder Woman, no habían sido suficientes para derrotarle. Por parte de Batman, había convencido a un joven perdido, Barry Allen, conocido como The Flash; cuyo principal superpoder es la hiper-velocidad, etc. Y ha un atlante, cuyo sobrenombre es Aquaman, que puede hablar con los peces (el realidad es el agua) – los guionistas nos lo recuerdan un par de veces –, está muy cachas y tiene un intenso parecido a Khal Drogo, de hecho es el mismo actor, pero sin trenza, casi se diría que repite caracterización. Por su parte, Wonder Woman, como todos sabéis representante de las Amazonas, reclutará a Cyborg, mitad máquina, mitad humano; realmente más máquina que humano, pues sólo conserva la mitad del rostro; para el equipo. Digamos que si ella es la chica guapa, él es el negro listo.

Todos ellos formarán la Liga de la Justicia, y emularan esa unión primigenia que una vez ya logró vencer a Steppenwolf, para lograrlo de nuevo (a ver qué ocurre, difícil saberlo). Aunque finalmente – alerta SPOILER – será Superman y su todopoderío, quien vencerá al ridículo villano, casi se diría sin despeinarse y por supuesto, volverá a separar las tres dichosas cajas y así salvar al mundo (¿otra vez? ¿cuantas veces van ya?).

Atengámonos por última vez en este villano de chichinabo y luego pasemos a analizar a Superman para finalizar. ¿Por qué decimos que Steppenwolf es un mal villano? Pues lo decimos en el sentido de que su motivación, si bien queda explicada en la película, es la venganza; a nosotros nos parece pobre, sin demasiado peso argumental. ¿Para eso hacía falta reunir toda una liga de la justicia, contrarrelato de los Vengadores de Marvel; para acabar con la vida de un villano sin inquina, sin resentimiento, sin aristas, sin profundidad y lo más importante, ¡sin carisma!?

Atributos que sí goza, además del prestigio, Superman. Héroe por excelencia, estrella de la compañía, encarnación del arquetipo jungiano del héroe, mito en la era de la cultura capitalista; hombre mediocre, corriente, vulgar, miope; cuya identidad, oculta tras unas gafas de pasta, desvela al ser más fuerte y todopoderoso del universo, Superman. Umberto Eco, en su ensayo Apocalípticos e integrados (1964) – donde por primera vez se llevó al superhéroe de los cómics al campo de la teoría literaria – decía así:

No obstante, la imagen de Superman puede ser identificada por el lector. En realidad, Superman vive entre los hombres, bajo la carne mortal del periodista Clark Kent. Y bajo tal aspecto es un tipo aparentemente medroso, tímido, de inteligencia mediocre, un poco tonto, miope, enamorado de su matriarcal y atractiva colega Lois Lane, que le desprecia y que, en cambio, está apasionadamente enamorada de Superman. Narrativamente, la doble identidad de Superman tiene una razón de ser, ya que permite articular de modo bastante variado las aventuras del héroe, los equívocos, los efectos teatrales, con cierto suspense de novela policíaca. Pero desde el punto de vista mito-poético, el hallazgo tiene mayor valor: en realidad, Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes; a lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier accountant de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad (1964:259).

Superman para los hallazgos de la representatividad de la clase media norteamericana (hoy decimos global, en esa americanización que sufre la cultura) para dar vida y esperanza al ser humano de clase media, vulgar. Es Superman la superestrella, el nuevo mesías – ahora ya resucitado y vuelto a nacer – quien acabará con el mal y dará origen a la vida; tibio final cuando, en esa Ucrania post-nuclear florece de nuevo la vida y vemos a brillantes plantas salir de la nada.

Superman enamora y une a toda la manada, unifica para liderar la futura liga de la justicia; y dejar atrás sus rencillas con Batman – la otra gran figura de DC – y ser así fieles compañeros en esta atolondrada liga, conjunto heterodoxo de héroes dispares, película fallida de Zack Snyder (otra más), último argumentario del cine de superhombres dónde prima el músculo, la acción, y los efectos visuales, pero deslumbra por sus pobres diálogos, mínima profundidad narrativa y cuya prosa masticada/triturada y pastosa, será servida al gusto, para mayor diversión de un público cada vez menos exigente, culto o avezado en la más mínimo; como se afirma que dijo P. T. Barnum – inventor del circo moderno y showman norteamericano – a cada minuto nacerá un idiota; se refería a la cultura capitalista y la idiotización de las masas; muchas gracias.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.