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La la land

Como miembro de la redacción de Parafernalia pude asistir el pasado viernes al estreno en España de la favorita en todas las quinielas para los Oscars y ganadora de 7 Globos de Oro La la land, traducida como La ciudad de las estrellas. La película de Damien Chazelle –cuyo anterior trabajo fue la aclamada Whiplash– es un homenaje al cine clásico de la edad dorada de Hollywood donde Gene Kelly, Ginger Roger o Fred Astaire danzaban al ritmo del claqué y cantaban hermosas canciones de amor y melancolía, mientras el público quedaba embelesado por la belleza de sus cuerpos en movimiento y sus armónicas voces en unas románticas historias a todo color (Cinemascope). Todo estaba premeditado para que yo disfrutara de una película como las de antes, de buenas interpretaciones y precisa factura, bien orquestada, manejada con soltura por su director; pero no pudo ser así. Lo que no entraba en los pronósticos es que un grupo de indeseable se sentaron detrás de mí y me estropearon este musical de luz y color. Ya su entrada fue esperpéntica. Y cuando me giré todo cambió; en vez de ver a unos estrafalarios indeseable tal y como mi imaginación había previsto, lo que me encontré fue a cuatro Houyhnhnm, pero con la actitud de un verdadero Yahoo. Cuatro hombres caballo, primitivos y malhumorados se habían sentado tras de mí, respiraban de forma grotesca, muy intensamente. Hablaban a voces, daban coces cuando algo les gustaba y reían de forma soez y grosera; en vez de gozar de una película favorita en todas las categorías; me encontré siendo un Gulliver luchando contra los bajos instintos, parábola de una sociedad en plena decadencia. Quién puede dejar entrar al cine a cuatro caballos que lo único que quieren hacer es molestar, que no entienden las canciones porque no saben leer los subtítulos, que se duermen y roncan a mitad de sala cuando no están hablando entre ellos y que ríen a destiempo cuando el gag ya ha acabado. Es una lástima no poder dar aquí mi opinión de una buena película, pero los Houyhnhnm, grotescos y terribles, no me dejaron disfrutar. Tendré que ir otra vez y pagar mi entrada, esperando no encontrarme más rebuznos, bramidos, coces, roznidos, fuertes bufidos, berridos y gruñidos, ululatos varios, algún que otro improperio y el típico comentario: luego me explicas la película que me he quedado dormido. Por si fuera poco, uno de ellos tosía como si se hubiera tragado un sapo. Con lo cara que está la cultura, con lo abusivas que ponen las entradas en fin de semana, espero no tener tan mala suerte y volverlos a encontrar de nuevo; por lo que parece creo que les gustó. A los caballos les van los musicales, Dios sabrá el porqué.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.
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