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Contra la casta de sacerdotes de lo efímero

Igual que en la religión el hombre es dominado por el producto de su propia cabeza, en la producción capitalista lo es por el producto de su propia mano.

Karl Marx

El capitalismo es una religión que exige de sus sacerdotes la castidad y el celibato: abstenerse de cualquier contacto carnal con las cosas mundanas. No casarse con nada ni con nadie. El capitalismo es hoy la moderna religión que aliena al hombre, para anular su capacidad revolucionaria para eludir la auténtica causa de su sufrimiento.

Para mantenerse puros en su fe, los sacerdotes no basta con no creer en el dinero, se espera de ellos –como antaño se esperaba de los jerarcas de otras religiones – no contaminarse con ninguna actividad física o esfuerzo que conlleve contacto embrutecedor para el espíritu, es decir, que pudiera derivarse de la relación con materiales o seres inferiores. Lo que tal vez sería loable si también se les exigiera el voto de pobreza, que no tuvieran más posesión – y esa por ser inevitable – que el miserable y desnudo cuerpo que los alberga. Sólo desde este apartamento espiritual es posible hablar de creación pura, es decir, creación de la nada, ex nihilo.
Sin embargo resulta evidente que dichos sacerdotes, al igual que en las de otras religiones, no se conforman con beber del espíritu y suelen medir el éxito de sus predicciones proféticas según el beneficio material que les procura. Beneficio conseguido, lógicamente, gracias al esfuerzo y sacrificio de la plebe que ellos guían y conducen, cual disciplinado rebaño, hacia el matadero. Siempre que sus cálculos de beneficio así lo exijan. Sin que ello contradiga ni un ápice el ideal preceptivo de “crear ex nihilo” puesto que nada son, ni nadie los que allá abajo, embrutecidos por el barro de la materia, trabajan y se mortifican por y para su neto beneficio. Ellos representan el espíritu que ordena, transforma y se proyecta sobre la materia informe y caótica, para adaptarla al ideal preestablecido, para conducir, con su visión de futuro, a la embrutecida masa por caminos de progreso hacia la tierra prometida, el Edén soñado de la felicidad material. Así, el beneficio actual que ellos disfrutan no es sino la muestra de la satisfacción, estímulo para quienes todavía no la han alcanzado, que a todos nos espera en un futuro, si creemos en su liderazgo sabio y protector, ideal, mucho mejor; la esperanza de la prosperidad venidera para todos.

Sólo algunos pocos descreídos, de mala fe, pueden pensar que la miseria de la mayoría viene causada por la acumulación material de la riqueza de la tierra en unas pocas manos, o que dicha acumulación tenga otra finalidad que la de ser repartida de manera equitativa entre todos los desposeídos de forma más justa y equilibrada a como se encuentran repartidas, primitivamente, por todo el planeta. Y si ello no se ha conseguido todavía no cabe pensar en la incapacidad, egoísmo o lucro de la clase capitalista, sino que más bien debe achacarse a la existencia de otras religiones, otras ideologías – caducas y extemporáneas, naturalmente – que compiten con la verdadera y única fe a la hora de repartirse la devoción de las masas. Sin excluir, de las razones del fracaso, la lógica e inevitable estupidez del rebaño – el propio y el ajeno, que en eso todos se parecen – que no saben discernir cuál es el dios verdadero y se dejan llevar por las dudas, el desencanto o el pesimismo, unos, y por el fanatismo, la violencia y la perversidad, los otros. Únicamente ese lastre material, ese anclaje en el embrutecimiento del caos, han hecho posible el derrumbe de ese símbolo del ideal, de esa Babel del espíritu. Esas Torres gemelas que con su sola visión confirmaban el poder de la fe verdadera, de la capacidad de un ideal, de la fortaleza para contradecir a la gravedad y la imposición de la materia bruta (siempre abocada a la dispersión) concentrando sobre unos pocos metros de suelo todo el poder de elevación del espíritu del Dios Capital. El único verdadero y digno de adoración, el que mora en la cueva de Ali-baba. A la erección de dichos símbolos han tendido todas las religiones, pero ninguna como el capitalismo ha conseguido tal desapego del entorno circundante, ninguno había conseguido tal independencia de lo físico, nunca una estructura tan liviana resistió tan bien la física de Newton. Tampoco ninguna había conseguido una influencia tan global, ni una oposición tan enconada, ni tampoco una gloria tan efímera. Ello pone de manifiesto que la ligereza, la rapidez, la velocidad que proporcionan sus redes son la base de su poder; pero también su tendón de Aquiles; es la basta contradicción de la modernidad. Así lo expresa Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece:

«Hay una forma de experiencia vital – la experiencia del tiempo y el espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la vida – que comparten hoy los hombres y mujeres de todo el mundo de hoy. Llamaré a ese conjunto de experiencias la «modernidad». Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, «todo lo sólido se desvanece en el aire».»

Es por esas redes, por los filamentos de sus estructuras – cada vez más virtuales, por no decir fantasmagóricas y espectrales – por donde se cuela su enemigo. Con la misma velocidad con que se levantaron, podrían ser derruidas. Pues no son otra cosa que castillos de naipes, ensoñaciones del espíritu, que contradicen y reniegan de la solidez – y sordidez – que las sustenta. Porque, sus sacerdotes, desconfían del cuerpo que los acoge (al que deben flagelar regularmente con ejercicios para conservar en forma su escultórica imagen), del populacho que los alimenta (mandándolo al matadero cada vez que este comienza a exigir una parte del botín), y del dios al que adoran y del cual no dudan en renegar desde el momento que su imagen no consigue ya seducir y movilizar a las masas. Nunca la eternidad fue más efímera ni previsible, nunca los héroes fueron de papel maché y tan inflamables como ahora. De todo lo cual puede deducirse que nuestro Dios – el Dios que nos ha tocado en esta época – no es menos real que otros de los existentes en el pasado o el presente. Sin embargo no puede decirse precisamente que sean más sólidos, palpables o confortables los frutos de su influencia, lo confirmó Marshall Berman cuando nos mostró las contradicciones de esta modernidad cuando nuestro mito moderno por excelencia, el Fausto, ha de destruir lo que adorna si quiere aspirar al progreso. Es la cita del Manifiesto comunista donde se ha perdido el control: «Esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz dominar las potencias infernales que ha desencadenado sus conjuros».

Sus creaciones tienden – como no podía ser de otro modo – a la volatilidad, la dispersión y el desarraigo, ante toda posible estabilidad de pueblos y gentes. Sólo así consigue el fin último de su Dios: la movilidad permanente (previsible y ordenada) de los flujos de capital. En esa movilidad, en creer (no en conseguirlo) que uno pueda, algún día, verse favorecido por ese trasiego de fortunas, se cifra toda su fe y la de la masa que los jalea, creen que algún día a ellos les tocará. Su vuelo es como el de la cometa: le necesitan a usted para que tire del hilo. De otro modo no pueden sostenerse por mucho tiempo. Desengáñese, pues, de que puedan darle algo en el reparto. Que usted alcance su nivel, no les sirve a ellos de nada. De nuevo Marx, en la Crítica a la filosofía del derecho en Hegel lo dijo así:

«El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre… La miseria religiosa es, de una parte, la expresión de la miseria real, y, de otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.»

Démosles hilo pues. Démosles todo el hilo, hasta que se desprenda del carrete, que vuelen al fin libres (¿no es ese su catecismo?) sin el lastre humano que los mantiene sujetos al suelo. Tal vez así, quienes no poseemos el don de la ligereza, podamos disfrutar con el espectáculo de sus efímeras evoluciones sin el agotamiento y el sacrificio que requiere encumbrarlos. Pues, disfrutemos de la destrucción de su castillo de fuego, no queramos volar; sigamos en contacto con el suelo.

Acerca Josep Nogué

Toda mi vida ha girado entorno de las artes plásticas. Primero como diseñador gráfico, después como ilustrador y más tarde del dibujo y la pintura. Busco que cada gesto sea preciso y directo, como la estocada de esgrima: que cada pincelada haga sangre.