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La carretera es su camino

Hace ya tiempo que Cormac McCarthy resuena en el panorama internacional, cuando los hermanos Coen llevaran su No es país para viejos al cine con clamoroso éxito y galardonada repercusión. La otra novela de notoriedad y que también goza de un doble en formato pantalla grande es La carretera, ganadora del Premio Pulitzer de ficción. El relato, fragmentario y discontinuo, sigue las penurias de un Padre y un Hijo – ambos indefinidos, no tienen nombre pudiendo ser cualquiera y nadie – que recorren una desolada y carbonizada carretera hacia el Sur. Huyen del frío y vigilan por sobrevivir en una Norteamérica despoblada de animales, de bosques y ciudades calcinados; dónde la única comida que queda disponible está servida en lata y los hostiles enemigos se sirven de la carne humana, sucios caníbales, de los cuales es preferible huir. Llevan consigo sus mochilas y un carro, el hogar a cuestas en un territorio post-apocalíptico, última condena para la malograda especia humana antes de desfallecer.

Una hora después estaban en la carretera. Él empujaba el carrito y entre los dos cargaban las mochilas. En las mochilas había cosas básicas. Por si tenían que abandonar el carrito y echar a correr. Asegurado al asa del carrito había un retrovisor de motocicleta que él utilizaba para mirar la carretera a sus espaldas. Se subió un poco más la mochila y observó el campo devastado. La carretera estaba desierta. En el pequeño valle la serpiente todavía gris de un río. Inmóvil y precisa. A lo largo de la orilla unos carrizos secos. ¿Estás bien?, dijo. El chico asintió con la cabeza. Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro.

El paisaje es un devastado desierto cubierto de ceniza, asistimos al fin de la civilización sin respuestas; nunca sabremos porqué sucedió, es mejor callar, guardar silencio. Padre e Hijo recorren el páramo que es América, dejando atrás esperanzas, recuerdos de vida pasada. La época de los grandes relatos ha muerto cubierta de polvo y por ello McCarthy escribe de forma entrecortada, erigiéndose altavoz de un relato intermitente, irregular y vacilante; como la carretera – río seco – que conduce a una incierta (pero necesaria) salvación, la esperanza – al igual que en Esperando a Godot – es lo único que les queda. Y el mar, con todo lo simbólico que arrastra – es el objetivo a alcanzar. Su día a día queda dominado por su afamado instinto de supervivencia, la vida humana queda en suspenso. Pero aún quedan los buenos, ellos son los últimos portadores de la llama.

¿Qué pasa, papá?
Nada. Estamos a salvo. Duerme.
Todo va a ir bien, ¿verdad, papá?
Sí. Todo irá bien.
Y no nos va a pasar nada malo.
Desde luego que no.
Porque nosotros llevamos el fuego.
Así es. Porque llevamos el fuego.

El Padre le dice al Hijo que deben llevar consigo el fuego (la cultura) y no caer en el nauseabundo canibalismo. Es preferible fallecer a abandonar los últimos retazos de humanidad, en ese tiempo febril, vaso casi vacío. Es la crítica a las sociedades posmodernas, que han preferido obviar el principio de responsabilidad – el que profetizó Hans Jonas – y consiguieron aniquilar la vida en la Tierra. ¿Qué planeta dejaremos para las generaciones futuras? Las que tendrán que cargar con esa condena y sobrevivir ante las postreras ruinas de nuestra sociedad. McCarthy está apelando al principio de responsabilidad, está alertando al lector de que es insostenible la vida que llevamos, de que ha de cambiar. Es una novela sobre las responsabilidad de nuestros actos, para con los otros y más importante, para con el medio ambiente. Se está aludiendo al deber de que haya generaciones futura – la posibilidad de una vida digna – actuando con responsabilidad en el impacto que pueden tener nuestra acciones o de seguir así destruiremos la tierra. Por ello no importa como, no se alude a cómo sucedió; sino a que puede suceder y sucederá si no cambiamos el actual ritmo sobre nuestro recursos. Reclamando una ética futura, en la defensa de los derechos de aquellos que no los pueden reclamar porque todavía no están. McCarthy ha profetizado la catástrofe para impedir que llegué. Hoy, más que nunca, debemos plantearnos si el ritmo acelerado que imprime el capitalismo es el más adecuado para el planeta, si merece la pena destruir el planeta para obtener mejores y más asequibles mercancías. Y también es la responsabilidad del Padre hacia la vida de su hijo, que se pregunta una y otra vez a lo largo de todo el relato ¿qué le sucederá a él si yo no me ocupo de ello?

Querías saber qué pinta tenían los malos. Pues ya lo sabes. Podría ocurrir otra vez. Mi deber es cuidar de ti. Dios me asignó esa tarea. Mataré a cualquiera que te ponga la mana encima. ¿Lo entiendes?
Sí.
Se quedó allí sentado con la manta por capucha. Al cabo de un rato levantó la vista.
¿Todavía somos los buenos?, dijo. Sí. Todavía somos los buenos.
Y lo seremos siempre.
Sí. Siempre.
Vale

Ese cuidado reconocido como deber en la responsabilidad del Padre, donde, en palabras de Jonas, “cuanto más oscura sea la respuesta, más clara será la responsabilidad”. En convivencia del temor – atendiendo a una heurística – por sobrevivir en una desolada realidad; el revólver – tal vez el último revólver conocido – bien cerca, junto al bolsillo, por si deben disparar y salir corriendo del inminente peligro. Un lugar inhumano que ha dejado de respirar, de sentir, las cenizas de lo que antaño fue el mundo. Queda una esperanza, la del Padre que media lo imposible por la supervivencia del Hijo (que haya hombres, luego ya veremos de qué tipo) y es por ello, que el narrador, en determinados momentos, llega a sentir compasión por sus personajes, compadeciéndolos por el mundo horrible que ha creado su imaginación, sombra de lo oculto tras la aurora de nuestra moderna cultura, aferrada a la máquina. Crítica mordaz al mundo del consumo, a la falta de responsabilidad con el medio ambiente a la perdida de todo horizonte y expectativa, pues «por lo que a mí respecta mi única esperanza es la nada eterna y la deseo con toda mi alma». La carretera será su único camino, aguardad las energías, resistid al frío, creed en vosotros mismo, conservad la esperanza, es vuestro fuego, os mantendrá vivos. La carretera, ese largo y sinuoso sendero que tiempo atrás homenajeara Kerouac con tanto esmero, es hoy en las tibias manos de Cormac McCarthy un mito desolado; y sin embargo el mito. Y aunque destruida, la carretera será siempre su camino.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.