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El imaginario de la ciudad en la Generación beat

Soñé que no quería que el león se comiera al cordero y en ese sueño el león se sentaba en mi falda como un cachorro y alcancé después al cordero y el cordero me besó. Este es el sueño de la Generación Beat.

                                                                                             Jack Kerouac

Hoy la realidad se esfuerza en reproducir a la ficción. Hoy, la realidad se nos impone como ficción. Hemos pasado de la categoría de ciudadanos a la de meros espectadores del espacio en el que habitamos, el cual se ha vuelto extraño y sorpresivo. Repleto de luces de neón y vallas publicitarias, idénticos centros comerciales, grandes marcas, en definitiva, no lugares. Es la ciudad devenida en un continuo espectáculo que se nos impone, exigiendo de nosotros una mediocre soledad solventada a través de las nuevas tecnologías y mediada por relaciones contractuales. Vivimos en la parquetización de las grandes ciudades, convertidas en disneylandias urbanas, son un decorado, una perfecta escenografía. Ya sólo podemos ampararnos en el nostálgico recuerdo, cuando lo real se distinguía claramente de lo ficticio. Vivimos el anverso: lo real –a cada paso que damos– copia a la ficción.

Todo ello desvirtúa la capacidad imaginativa y política de los ciudadanos, paseantes anestesiados frente al multicolor escaparate que ofrece toda gran urbe. Parece que la superestructura ha devenido realidad material, un todo que se ha convertido en signo indescifrable. En ese colapso permanente nos preguntamos, ¿son todavía posibles nuevas formas de imaginar lo urbano? ¿Ha colapsado el espacio público y asistimos a su completa mercantilización o aún son posibles imaginarios que nos identifiquen como comunidad al margen de las estructuras y aparatos del Estado?

En los sesenta, en Norteamérica, hubieron comunidades que supieron pensarse al margen de las instituciones gubernamentales, e incluso a pesar de ellas. Pienso en una en concreto, una comunidad hermanada por lazos intelectuales, ideológicos y emocionales entorno a un conjunto de escritores, poetas e intelectuales que reivindicaron otra forma de entender el concepto social Vida. Una comunidad que idolatró y siguió a un grupo de visionarios, forajidos de lo convencional, agitadores de conciencias, intrépidos de la carretera que pronto fue reconocida como la generación beat.

          Beat fue una forma de entender la existencia, al margen de lo socialmente aceptado, un respirar desarraigado. Beat, golpeado, pero también cansado, abatido, derrotado. Beat, síntesis de una generación hastiada contra los desvaríos de un país –América– que no se veía representada por sus políticos e instituciones. Beat también tiene que ver con la beatitud, un modo existencial de entender la experiencia, de superar las fronteras de lo racional, de trascender lo cotidiano. Beat hace referencia a un término explotado por Jack Kerouac en su célebre novela En el camino, con él empezó todo.

            Una generación que se gestó –y Norman Mailer en su ensayo El negro blanco (1958) lo definió así– al hilo de lo hip. Cultura que sin embargo tuvo dos derivadas, a mi parecer antagónicas, los hippies, que aquí no analizaremos y los hipsters. El hipster o existencialista americano es aquel consciente de que nuestra condición colectiva es convivir con el miedo feroz a la muerte, en sus múltiples formas: de guerra autodestructiva, bombas atómicas o como cáncer incurable. Ello alude a una única respuesta coherente: convivir con la muerte como peligro inminente. Un convivir desarrapado con la presencia perpetua del morir, para de un modo salvaje e indigente –en palabras de Mailer– “emprender ese viaje sin mapas a los rebeldes imperativos del yo”.

En esta lucha tácita y aciaga contra los devoradores de experiencia, o se es radicalmente hipster o se es un conformista, aburrido y convencional, atrapado en el caprichoso consumismo de la maquinaria del Estado. Es la lucha contra la inserción en la anodina y trágica vida de la derrotada clase media norteamericana. Es por lo cual, éste es fenómeno que tiene su origen en la cultura negra –que vive marginada entre el totalitarismo y la democracia– y la música del jazz. Una música que tiene la habilidad de poseer al que la escucha, penetrándose entre sus venas e invitándole a un elocuente exceso. La intensidad de un ritmo sin reglas, la velocidad, la locuaz improvisación, el desfase armónico debían plasmarse a papel. Kerouac integró esa amalgama que era el jazz negro en una novela. Una novela que consistió en representar un ideal de búsqueda incansable y en constante movimiento, alrededor de un hombre, arquetipo para una generación: Neal Cassady, también conocido como Dean Moriarty.

            Con todo se trataba de enterrar los emblemas de seguridad y confort del blanco-clase media: el hogar, la familia, el empleo; emblemas que el negro nunca había tenido a su alcance. Por supuesto esto estaba presente en el jazz, música de orgasmo, mezcolanza de rabia y alegría, de insatisfacción y felicidad, de desesperación y éxtasis. Una música y un ritmo que en la forma de la narrativa nerviosa de Kerouac cobró vida en una historia esencial de dos unidades desaparecidas, individuos extraviados en la larga travesía que es América. Neal fue el hombre y Jack su voz, Neal el héroe y Jack el escultor de un mito moderno –presagiando a James Dean o Montgomery Clift en el cine– que iluminara el oscuro camino a una generación perdida, sin líderes. Se alza entonces la figura del hipster o negro blanco, una nueva raza de aventureros despiadados de la noche, conscientes de la desolación, buscadores de acción entre los suburbios de las grandes ciudades, los bares de alterne y los sórdidos locales de lugares tan dispares como Nueva York, Los Ángeles, San Francisco o Denver.

Previo a hacer un alto en el camino y detenernos a repostar nuestro Cadillac en Denver, dónde nació Cassady, debemos preguntarnos cuál fue el imaginario urbano de la generación beat y como lo representaron en su producción literaria. Cómo representaron las ciudades autores como Kerouac, Ginsberg, Ferlinghetti o Corso y qué imaginarios construyeron entorno a ciudades estadounidenses tan emblemáticas como Nueva York, San Francisco o Denver. Si hoy –para desgracia de unos pocos y beneficio de otros– la ciudad y su imaginario urbano se han convertido en una marca (registrada), en un logo reconocible que venden las agencias de viajes a los turistas internacionales como un que objeto de consumo estético. Tal y como escribe Marc Auge «Esta manera de poner como espectáculo lo real, este paso a lo ficcional, que elimina la distinción entre la realidad y la ficción, se extiende por todo el mundo. Muchos factores concurren a producir este resultado. Evidentemente el turismo es el primero de ellos». Si hoy las grandes ciudades se han mercantilizado, qué imaginarios alternativos, formas íntimas de resistencia, podemos recuperar para escapar a la fortaleza del simulacro y sus infinitas reproducciones.

            Es decir, si la ciudad es un espacio para la representación y la literatura –de forma inagotable y múltiple– se ha hecho cargo bajo el modo de un imaginario particular, aquí trataremos de dibujar (si acaso como esbozo) cuál fue el imaginario que trazaron esta comunidad de artistas –élite de budistas intelectuales– que conocemos como los beat. Qué imagen de las ciudades norteamericanas nos ha legado, como parte de su patrimonio cultural, la generación beat. Y para comenzar seguiremos a Jack Kerouac y Neal Cassady en su viaje a través de la ruta 66 y sus constelaciones, relato doble en la forma del rollo mecanografiado original traducido como En la carretera, publicada póstumamente en el 2007 y en su versión corregida, revisada y acorde a los criterios de los editores de Viking Press, En el camino, publicada en 1957. Y sin que suene paradójico hablaremos de las ciudades de una novela que trata sobre la larga travesía que es América.

Empezaremos el viaje en Denver, porque Denver representaba todo aquello que Neal Cassady fue, tanto en lo positivo como lo negativo de sus impulsos y contradicciones. Partimos de la hipótesis de que cuando Kerouac está hablando de Denver, también lo estaba haciendo de su amigo Neal. Una figura fascinante, que deslumbró, por su modo incoherente y sorpresivo de entender la experiencia, a media América. Una figura que deslumbró a millones de jóvenes norteamericanos que leían admirados el relato inspirador que había escritor un autor de origen canadiense apellidado Kerouac, quien idearía una nueva forma de literatura. Debemos en primer término viajar hasta Denver, Colorado, ciudad del medio Oeste, hija de la Gran Llanura, al este de las famosas Rocosas entre el Sol abrasador del desierto, la nieve de las montañas y el olor a gasolina de los coches. No hay lugar para la vacilación ni la duda, Denver sería un lugar contingente, un alto en el camino más, si no fuera por la generación beat. Denver sería un lugar de paso, para repostar, comer un sándwich rápido y seguir en camino si no fuera porque allí se crió Neal Cassady, ese genio del mal, ese memo santo tan atractivo. Desde entonces, Denver será el kilómetro cero de la generación beat, capital clandestina de los Estados Unidos, refugio de todo intrépido del camino, para aquellos que quieran descansar de la búsqueda del sentido de la existencia.

La gran llanura caliente de Denver y sus suburbios fueron el hogar del atrevido Neal, un hogar que en su regreso se le presenta en la imagen de una oposición vital. Kerouac –en su tercera estancia– presenció la batalla entre Dean Moriarty y su ciudad. La lucha entre un hombre que se niega a toda prescripción contra la ley y el orden social. Un hombre que se divertirá con el desconcierto de las sirenas y coches patrullas que trataron de perseguirle sin éxito. Un delincuente que se complace jugando a robar y conducir coches a toda velocidad por las calles y avenidas de la capital de Colorado. Si en esta estancia se nos presenta la ciudad será a bordo de un coche robado –Chevy, Ford o Plymouth, la marca nos da igual– conducido con agresividad, sin miedo al peligro, derrapando por las aceras, saltándose los semáforos, ignorando el ensordecedor ruido de las sirenas de policía. Jack Kerouac lo describe así:

[…] y Neal volvió a ponerse furioso y a sudar y a desquiciarse, y por si el caos no fuera ya insoportable salió precipitadamente del bar y robó un coche del camino de entrada e hizo un viaje relámpago al centro de Denver y volvió con uno distinto y mucho más flamante.

Es entonces cuando un solo hombre, de ingente energía y frenesí, puede vencer e imponerse al decreto de una gran ciudad. Reírse de sus guardaespaldas, turbada policía, entre el calor de la noche y la locura generalizada. Es entonces cuando de un modo hipnótico la desordenada ciudad y su delincuente fetiche se unifican, «toda la amargura y la locura de su vida en Denver -escribirá Kerouac- le brotaban de la piel como aceradas dagas; tenía la cara roja y sudorosa, y una expresión ruin».

Teniendo presente el mapa geográfico de la ciudad, una gran rueda sobre la planicie, manto de rocas y polvo quemado. Una ciudad entre grandiosas majestades, terroríficas montañas que asombran sólo al mirarlas. Tenemos los picos insulares del Evans, el Pikes Peak conocido por las carreras automovilísticas que tienen allí lugar y el Longs. Todos ellos de gran altitud y magnanimidad. Unas montañas descritas En el camino como una escenografía perfecta para aquel lugar perdido, tanto que parecen irreales, de papier mâché. Es entonces cuando la ciudad se nos aparece como una impostación en medio del desierto montañoso, un conjunto orquestado de luces intermitentes inscrito en la llanura, erial sin límites, protegido por esas rojas murallas. Y a través del relato de Kerouac, somos conscientes de que la ciudad pasó mejores tiempos. Parece que los fulgores de los vibrantes años veinte hace tiempo que desaparecieron consumidos por el humo de las fábricas, la pobreza callejera, los locales de mala-muerte. Estamos en 1948 y Denver, como tantas otras ciudades norteamericanas, no soportó el envite de la gran depresión y sobrevivía sin holgura a los tiempos coléricos tras el horror de la guerra. Kerouac da cuenta de ello y recorre los locales ya sin brillo, locales que permanecen a la memoria de un tiempo que fue mejor. Locales sin esplendor que almacenan alcohol y fracasos. Denver es entonces la ciudad de un forajido, un sin ley apodado Moriarty, que recorre la ciudad tras el ruido ensordecedor de las sirenas. Emulo de una ideología salvaje, la del viejo Oeste, indigente y desprotegido. Son las avenidas convertidas en circuito en una carrera de relevos por el centro de la ciudad. De una noche legendaria y fatal que describe al acabar:

De noche, en esta parte del Oeste, las estrellas –tal como las he visto en Wyoming– son grandes como candelas romanas y solitarias como el príncipe que ha perdido su morada ancestral y viaja por los espacios siderales tratando de encontrarla, y sabe que jamás tendrá éxito en su empeño.

Es el contraste entre la calma que debería presenciar las estrellas y el convulso caos en que se ha convertido el Oeste. Kerouac es consciente de que ya la ciudad, en esa forma desprotegida que ha adoptado, no les pertenece. Tampoco reconocen como propio en canto de los pájaros; Denver ya no es suyo, ya no les pertenece. La llegada por primera vez a la ciudad se produce en autostop, bajo el nerviosismo de reencontrarse con la familia elegida, de sentir el aire puro y ver por primera vez la nieve de las Rocosas. La entrada se produce desde el mercado de frutas de Denargo y sus alrededores, son los suburbios de clase baja: Larimer Street. Hoy un barrio rehabilitado, orgulloso de su historia y su pasado, promocionándose en Internet con una rica oferta gastronómica y variedad de comercios. Hoy se presenta como un lugar atractivo para el turista y en cambio a finales de los cuarenta, era todo decadencia. Kerouac en su novela En el camino, presenta el barrio como un lugar hostil, recordándole más a una fábrica –por sus rojas chimeneas, vías férreas, intenso humo a sus alrededores, edificios de ladrillo rojo– que a una ciudad.

            La Larimer Street que se nos presenta ahora como un lugar de ocio y consumo garantizado, fue para Neal Cassady un lugar despiadado donde un adolescente huérfano de madre y padre borracho se entregaba a la delincuencia.«Caminé dando traspiés con la mueca más traviesa y alegre del mundo entre los vagos y los sucios vaqueros de Larimer Street». Esa calle fue el hogar de Neal Cassady, que mendigaba por las calles cual vagabundo cuando no se encontraba recluso en algún reformatorio del condado y que Kerouac rememora. Y cuando Cassady no estaba preso, tenía que vivir con su padre en el destartalado Hotel Windsor, junto con un loco, depravado sin piernas –llamado Shorty– que se arrastraba por la habitación. Jack Kerouac describe así el lugar:

Vi a la enana que vendía periódicos en la esquina de Curtis con la 15. Me paseé junto a las tristes casas de putas de Curtis Street; jóvenes con pantalones vaqueros y camisa roja; cáscaras de cacahuete, cines, billares. Después del resplandor de la calle estaba la oscuridad, y después de la oscuridad el Oeste. Tenía que irme.

Así empieza Neal Cassady en El primer tercio sobre su infancia en Larimer Street, cuando sus padres se divorciaron y tuvo que irse a vivir con su padre: «Durante un tiempo ostenté una posición única: entre los centenares de seres aislados que rondaban por las peores calles del centro de Denver no había nadie más joven que yo». Son las desgracias y la herencia de una calle, Larimer Street, que según nos cuenta Cassady fue la principal de Denver en el siglo XIX y que en los años treinta sólo le queda exhibir sus tristezas. Cassady vivió una infancia dura, marcada por la pobreza y la miseria, en una ciudad deprimida tras la guerra y sin esperanzas de recuperarse. En cambio, Denver es hoy una ciudad que se exhibe al mundo con orgullo, velando un pasado infructuoso, repleto de miserias y pobreza, de tristeza. Y trata de reivindicar y promocionarse al mundo –de ofrecerse como marca atractiva al turismo internacional– a través del legado de la generación beat.

Una generación beat que tuvo la certeza de que en la ciudad que ellos habitaban, en la que ellos transitaban, no era civilizada. América y sus ciudades, en contra de domar el inherente salvajismo del hombre, lo había aumentado. Que en vez de pacificar, incrementaba la violencia callejera, fomentando la dispersión y la cacofonía. En la práctica su utopía era íntima, encarnada, su rebelión contra el sistema eminentemente privada. Conscientes –golpeados por la fatídica depresión– de que el mundo era ya irrecuperable, dada su enorme deformidad. Sabían que el única camino posible era el cultivo de sí, sólo podían cambiarse a sí mismos, quizás el única canal viable para cambiar la sociedad. Aun con la conciencia de que si había una posición política, era la de estar en el bando de los marginados. Practicaron la resistencia pasiva en la forma de la no participación, con ello no lograron otra cosa que la exquisita marginación: la pereza, el vino, la droga, la poesía, el sexo y sobre todo, la libertad. La generación beat fue una forma pura de armonizar un conjunto heterodoxo underground a través de una mirada brillante y suave, unos modales y gestos calmados, repletos de gentileza y paz. Una paz que no encontraban en sus ciudades –tal vez ocultos en los locales de jazz, en las librerías o en los bares– que vivían enfebrecidas por el incipiente ritmo mercantil y la racionalidad instrumentalizada. Contra la explotación del hombre por el hombre y a favor de un ocio lúdico escribieron y reivindicaron otra forma de pensar, de vivir, de amar lo bueno y la vida.

 

 

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.
  • Aleixandre Lago Barcala

    Sr. Javier:

    Me parece muy buen camino el de plantearse las relaciones entre la contracultura y la ciudad, si bien habría que traer también a la luz el tema de las relaciones entre la ciudad y el campo y la interdependencia de ambos, para llegar a la estética de la carretera; también hallo del mayor interés esta interpretación de la ciudad como escaparate, cosa que es de la mayor evidencia en Barcelona. Las ciudades fueron primero centro de comercio, después centro de producción industrial y ahora han pasado a ser ellas mismas mercancía; una vez hablé con unas mujeres de los últimos cursos de Turismo y me lo certificaron que ellas se ocupaban de cualquier actividad pública, ya que de lo que se trata es de que “atraen gente”, e. d. atraen mirones que consumirán lo que haya alrededor; pero es es que en el momento en el que la vida pública y los comerciantes entran en este circuito se pierde la sustancia del hombre, que, como decía Aristóteles, es el ocio. Se supone que, del mismo modo que la guerra tiene como fin la paz, la producción y el intercambio están hechos para el disfrute comunitario, para poder alimentarnos y después tener tiempo libre en los que establezcamos relaciones de parentesco y de amistad, que son perpetuadas y celebradas en los días de fiesta; que todo esto esté pensado en función del negocio es una inversión de las raíces, por lo que nada extraño hay en que nuestras urbes se muestren como la mayor fuente de patologías. Así, para el que tenga intención de buscar una “vida auténtica” (por usar esta expresión que le es a ud. cara), parece abrírsele esa exigencia de salir de la caverna de cristal, y una posible metáfora de esa salida es sin duda la senda del asfalto.
    Por lo demás, a mí no me parece que los Beat hayan desarrollado este asunto de una manera demasiado profunda, aunque bien puedo estar equivocado y perderme muchas cosas. Uno de los aspectos que encuentro más atractivos es el carácter específicamente americano de su vidas y sus obras, americano en el sentido de Emerson, Whitman o Thoreau, que se opone a ese americanismo de la guerra de Vietnam como una fruta madura a una podrida, pero me da la impresión de que no llegan del todo al centro del asunto, ya que la rebeldía, la libertad y la apertura propias de ese pueblo no tuvieron en sus mejores momentos el sentido infinito y fáustico que creo entrever de fondo en los Beat, sino la milagrosa virtud de autolimitarse y construir las instituciones repulicanas más perfectas del planeta, que llevaron por ejemplo a la abolición de la esclavitud a manos del gran Lincoln y finalmente al ascenso de un presidente negro, aún en los peores momentos preservaron los más grandes valores, como la propia posibilidad de disentir, y hoy en día, por ejemplo, son capaces de soportar en el gobierno y tener bien encadenado a un payaso como Trump; vista con perspectiva, la Constitución Americana sí que es una gran obra de civilización (ha ido domando poco a poco al barbárico pueblo blanco) y los Beat no han sabido hacerle del todo justicia. Mientras Allan Moore diría que el sueño americano se cumple en todos los males de la nación (estoy pensando en el Comediante cuando una manifestación quiere expulsar a los Watchmen y devolverle el monopolio de seguridad a la corrupta policía), ellos van a buscarlo en lo inculto y lo salvaje: yo creo que estaría más bien en el encarnar con prudencia las instituciones fundacionales, en aprender a ser de nuevo como Lincoln, porque estas no funcionan en su plenitud cuando no hay un hombre sutil que las gobierna.
    Un cordial saludo

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