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Dunkerque

Christopher Nolan en Dunkerque (2017) nos ofrece una nueva refutación al que podríamos decir que es uno de sus temas principales, si no su obsesión, el problema del tiempo. La cuestión metafísica que le ha ido acompañando a lo largo de toda su filmografía y que ya nos presentó en el modo de un relato desordenado y caótico a través de un desmemoriado protagonista en Memento (2000), que volvería a jugar en un thriller innovador y onírico donde todo es posible gracia a una máquina que permite implantar sueños lúcidos y moverse dentro de ellos en Origen (2010) y que volvería a torcer en una odisea espacial con tintes mesiánicos y teorías cuánticas avanzadas en la búsqueda de una solución para la destrucción de la Tierra en Interstellar (2014).

Ahora, con Dunkerque, Nolan vuelve al problema del tiempo en un relato deconstruido por el cual circulan tres líneas temporales: la agónica semana de un soldado inglés atrapado en las playas de Dunkerque tratando de escapar de distintas formas y fracasando en cada uno de sus intentos, saboteado por las fuerzas alemanas, la incertidumbre de la guerra o la pura mala suerte; la tripulación de un yate civil a lo largo de un día que abandonando la seguridad del hogar y alentados por su país deciden navegar hacia la Francia ocupada y colaborar en el rescate de cientos de soldados atrapados en la costa (se calculaba que alrededor de unos 400.000 hombres) y salvar sus vidas y por último una hora en la vida de tres pilotos de la Real Fuerza Aérea durante el duro enfrentamiento contra la Luftwaffe con el fin de proteger a los barcos que trataban de regresar hacia las islas Británicas y defenderla así de la probable invasión alemana. Las tres historias se entremezclan en un preciso montaje donde la tensión, el inminente peligro y el instinto de supervivencia del ser humano dan lugar en una difícil y complicada evacuación con final feliz. Pero, si hay un protagonista en esta película bélica con tintes dramáticos es el eterno circular del tiempo, que se impone como una reflexión conflictiva– extendiéndose en el espacio entre el instante pasajero y lo eterno del devenir– como la arena o la marea de esa playa del sufrimiento que todo lo arrastra y pierde hacia su fin; de unos soldados desesperados que no temen por el enemigo sino que han de salvarse contra la hostilidad y la inclemencia del paso del tiempo.

         Es el ser humano que media por sobreponerse, no frente a un enemigo que trata de perseguirlo y matarlos, sino frente a la catástrofe que se impone como una fuerza sobrenatural. Frente a esa desgarradora y quizás también divina naturaleza sólo se precisa sobrevivir, es el instinto de conservación – el conatus spinozista – por el cual el miedo, como el sentimiento más puro, las ansias de vivir y de salvar la vida son el único objetivo a realizar por unos soldados desalentados tras su flagrante fracaso bélico.

Es la finitud del hombre frente a lo eterno e inmutable del tiempo. Un problema que ya abordó el filósofo alemán –y nada mejor que un filósofo alemán para temas metafísicos de esta índole y en estas circunstancias históricas– sobre la pluralidad modal del tiempo, en tanto que se presenta de varias formas a la vez. Es la cuestión del sentido de la existencia humana, que en última instancia es un ser-para-la-muerte frente a la temporalización del tiempo que no se concibe ni como una continua sucesión de ahoras ni como un marco abstracto vacío sin contenido donde la experiencia se da a placer.

         Es pues esa desgarradora finitud lo que arroja al hombre hacia una nada inconmensurable y que sólo a través de la fuerza que da el tiempo es justificable. Es por ello que los protagonistas de la película luchan contra el tiempo que es a la vez el motor de su búsqueda; sabedores de que el enemigo acecha y oprime cada vez más la vida de tantos y tantos hombres, corren y son empujados por ese sentido mayor y superior a ellos que es lo temporal. Es el sonido de las manecillas del reloj que nos encontramos a lo largo de toda la película y que atormentan al espectador, nervioso, impaciente y hacen de Dunkerque en determinados momentos más que un drama bélico un thriller psicológico sobre nuestra propia finitud.

         Por lo cual es tan importante el montaje, ahí radica uno de los milagros cinematográficos del film, en ese cuidado y preciso montaje que sabe transportar al espectador a través de tres marcos temporales para crear una atmósferas de tensión y agonía que circula en una cuidada fotografía donde la imagen-tiempo cobra especial protagonismo. Christopher Nolan ha abordado esa idea que en su momento planteó el filósofo francés Gilles Deleuze cuando afirmara que el cine es más una cuestión de geografías que de historias. La imagen queda determinada al montaje y el movimiento se subordina al tiempo; Nolan ha tratado de buscar esa imagen esencial de la guerra, del sufrimiento y la miseria de todo conflicto bélico para hablarnos con claridad no a través del drama humano sino del sucesivo juego de imágenes para captar lo intolerable, lo insoportable de la guerra; lo que verdaderamente debe atormentarnos.

         Y sin dejarnos de mencionar la estupenda banda sonora de un Hans Zimmer en estado de gracia que nos ha brindado una de sus mejores partituras para envolver el film y arrastrar al espectador a la vorágine de Dunkerque, al horror de sobrevivir al horror, al calvarios de las horas que se suceden sin esperanza. Es el tic-tac del reloj que nos empuja a actuar, a salvar nuestras vidas o las de otros; imparable, insubordinado, hostil y feroz, el tiempo que como diría Borges «todo lo arrastra y pierde este incansable/ hilo sutil de arena numerosa». El reloj de arena avanza, cae a paso firme; pero no por ello debemos dejar de actuar.

         Dunkerque más que la tragedia sobre la retirada de más de 400.000 soldados británicos atrapados en las costas francesas, en lo que se conoció como Operación Dinamo, en un sonoro fracaso del ejército británico; es un rompecabezas metafísico sobre el problema del tiempo en contraste con la finitud del hombre y su inalienable instinto de supervivencia; que no es más que el esfuerzo por perseverar en la existencia. Es decir, es el esfuerzo esencial por vencer a la infinitud.

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.