Inicio - Miscelánea - Cuentos del folklore gallego

Cuentos del folklore gallego

A casa de Bouza

Mi familia es muy original. Somos gallegos afincados en Barcelona y yo ya nací en Cataluña, pero mi familia se trajo con ella su habla, su gastronomía, su tradición y sus cuentos de muertos. Una extensa colección de historias de difuntos, aparecidos y toda clase de espantos del inframundo, que mi madre consideró que tenía que conocer desde mi más tierna infancia. Como apoyo logístico, mi madre contaba con mis hermanos, que me instruían en el último grito de lo sobrenatural, haciéndome presenciar una sesión de ouija  a los ocho años. La suma sacerdotisa de ese aquelarre de hermanos era Ángeles, que incorporaba a la batería de espantos que era mi casa las películas de Wes Kraven, Brian de Palma y Darío Argento, los OVNIS,  monstruos del Lago Ness, yetis y todo lo que después llevaría a la pequeña pantalla Iker Jimenez. Mi hermana se adelantó veinte años al Rey del Misterio.

Pero los más terroríficos de todos esos infernales cuentos eran los de mi madre. No porqué supiera traumatizarme más o mejor que mi hermana, si no porqué lo que me explicaba mi madre era REAL. Esas historias se las explicaban a ella de pequeña, y si bien ella no había visto nunca nada sobrenatural, la gente de allí, del pueblo, sí las había visto. La historia que más me gustaba era la de la Casa de Bouza, por un motivo:  El cuento era rastreable. Había ocurrido en un lugar en concreto, con personas que ella había conocido, en un momento determinado y la aldea era la de mis tíos. Y mis tíos habían sido testigos.

Ya con veinte años, visité a mis tíos y tomándome un vino con mi tío le pregunté por la casa.

– Mira a tu espalda por la ventana, chaval.

Y allí estaba la CASA. Una casa de piedra medio en ruinas me miraba a las últimas horas de la tarde.

En la Casa de Bouza, en la aldea de Lladairo, en la época en que mis padres eran jóvenes, vivía una familia con dos hijos, un abuelo medio sordo, la madre y el padre, que según mi madre era un auténtico demonio. Pegaba a la mujer y a los niños y era un borracho.

El marido reventó, bien por exceso de bilis, por alcohol o porqué Satanás quería jugar ya con su juguete nuevo. El caso es que murió y el mundo fue un lugar mejor sin él. O debería haberlo sido, porqué el hombre, en vez de irse al infierno, trajo al infierno con él. Aún no acabaron de cubrir su fosa cuando en la casa, la Casa de Bouza, empezaron a ocurrir por las noches los más horribles espantos.

Al principio las cosas parecían cambiarse de sitio solas, las maderas crujían un poco más cada noche, y oían pasos donde no debería haber nadie, pero con el tiempo los estruendos que salían de esa casa no dejaban dormir al pueblo y la madre y los hijos no pudieron entrar más en la casa y el abuelo, que ya estaba senil se quejaba: “Cagondíos que non hay demo que durma aquí”

Al parecer un primo mío al que nunca conocí, que era el más viril del concejo quiso entrar en la casa, diciendo que esos espantos y esos estruendos eran cuentos de vieja, que los ruidos que salían de la casa infernal eran una broma de los chiquillos y que les iba a dar él chiquilladas de vara de roble. Mi primo, al que nunca conocí, salió de la casa tal como entró, de una manera muy poco viril y totalmente blanco.

Y es que en la casa, los estruendos los provocaban las puertas de los armarios abriéndose y cerrándose compulsivamente, los platos y las ollas volando por la casa y los animales en la cuadra bramando de terror.

“Esto é cosa do demo o do marido que era tan malo como o demo”, decían los más viejos. Y así fueron a ver al cura de la parroquia, que dio la razón a los viejos:  El alma del marido estaba en el purgatorio pagando por una vida tan vil y montaba el pandemónium para pedir ayuda. Para que el alma descansase en paz había que dar cien misas por su alma y por cada misa había que pagar, porque se hacía como expiación.

Como la familia era muy humilde, se hizo una colecta por todas las aldeas de la zona y finalmente se reunió el dinero y se dieron las misas en la parroquia de Lamas de Moreira por el alma del difunto. Los estruendos cesaron al punto y nunca más ocurrió nada extraño en la casa.

Después de mirar la casa por la ventana de la casa de mi tío, que es docto en sabiduría popular:

– Tío, ¿tú viste lo que pasó en la casa?

– Eso lo vio todo el mundo.

– Y entonces, ¿qué fue eso… el difunto, el diablo…?

– Vamos a ver, niño ¿Tú sabes lo que es un epicentro?

– El centro de un terremoto.

– Pues había un terremoto y la casa era el EPICENTRO. Ni ánimas del purgatorio, ni demonios, ni gaitas.

Como he dicho, mi tío es docto en sabiduría popular.

La Vaca

Había una vez un matrimonio que no tenía hijos. Acogieron en casa a una mujer pobre, ya anciana, para que sirviera en la casa y les ayudara con las faenas del campo a cambio de comida, cama y un pequeño estipendio. Con el tiempo, la anciana reunió un dinero y se compro una vaca lechera, pero como ya era muy vieja, al poco murió, pero antes de morir y después de recibir los últimos sacramentos le dijo a la señora de la casa:

– He tenido una vida de pecado y quiero que cuando muera se done la vaca a la Iglesia, para pagar unas misas por la salvación de mi alma.Y al punto murió. Pero la señora de la casa se dijo:

– ¡Voy yo a dar esta vaca a los curas! Me la quedaré, porque recogimos a esta mujer en su ancianidad y le dimos comida y cama cuando andaba mendigando por los bosques y los caminos.

Y así se quedó con el animal. Pero la mujer fue cogiendo poco a poco miedo a estar sola, porque le parecía que había siempre alguien con ella que la vigilaba. Finalmente tenía tanto miedo de quedarse sola que tenían que acompañarle hasta cuando orinaba en las cuadras. Por las noches no podía dormir de puro terror que tenía y si se dormía de puro agotamiento se despertaba llorando de los terribles sueños que tenía.

Una noche ocurrió que se despertó después de un sueño inquieto. Vio delante de ella flotando encima de la cama a la anciana muerta, que la miraba fijamente sin pestañear y envuelta en la mortaja con la que la enterraron. La mujer, horrorizada, intentó despertar al marido que dormía junto a ella, pero el marido no se movía por mucho que ella lo sacudiera. Entonces le habló la muerta:

– ¡Fulana! Mi alma se pudre en el purgatorio y retienes mi vaca aunque mi última voluntad fue que se usara para pagar por la salvación de mi alma. ¡Furcia! ¡Pero no tendrás descanso mientras mi espíritu se abrase en las llamas del purgatorio y así revientes! Mueve, mueve a tu marido, que no lo despertarás. Mañana por la noche volveré a aparecerme si sigue aquí esa vaca.

Y la muerta desapareció, y entonces el marido despertó con los gritos de la mujer.

– Mira que he tenido una aparición, que era la de la anciana que tuvimos bajo nuestro servicio y luego murió y nos dejó la vaca lechera. El caso es que no nos la dejó como te expliqué, si no que me hizo esta encomienda: que donásemos la vaca a caridad por la salvación de su alma que ahora está en el purgatorio ardiendo por sus pecados. Vístete y vayamos corriendo a dar esta vaca a la iglesia.

Y así lo hicieron. Tal como entregaron el animal en caridad a la mujer se le fue el miedo al punto y nunca más se le apareció la vieja.

El difunto

Iba por los campos montado en un burro un labriego, al caer la noche, y ocurrió que una luminaria se posó sobre la oreja del burro y habló al labriego en estos términos:

– No te asustes, soy tu primo que me aparezco ante ti por la salvación de mi alma. Cometí un robo a un vecino en vida y ahora estoy pagando en el purgatorio. Has de ir a tal aldea a dar una misa por mi alma durante la noche de mañana, que es el día de mi santo y has de llegar a la capilla a las tres de la mañana, que las puertas de la iglesia estarán abiertas y el cura despierto para la misa por la salvación de mi alma.

– ¿Cómo he de ir a tal pueblo sin despertar a mi mujer y que le digo? Porque ella tiene terror a los aparecidos y se asustaría si le dijese que he de salir de casa a medianoche por requerimiento de un difunto. Además no sé donde está tal pueblo y no se llegar.

-No te preocupes por cómo ir, súbete al burro y el te llevará. Tu mujer no se despertará por tu salida y nadie te molestará, ni te atacarán los lobos. Ahora bien, cuando llegues a la capilla no has de mirar ni a la derecha ni a la izquierda de la ermita, solamente el altar.

– ¿Y eso, por qué?

– No mires a los lados, sólo al altar.

Y así llegada la hora, el labriego se apercibió y subió al burro que lo llevó con paso firme. Los lobos aullaban cerca, pero ninguno atacó ni al animal ni al hombre. A la hora indicada, llegó a una capilla que tenía las puertas abiertas y la lumbre encendida. Las campanas tocaban a muerto y se olía a cera.

Y el cura dio la misa tal como se requirió. Durante el servicio, que fue largo y en latín, no pudo evitar mirar a la derecha y allí vio a muchas gentes y niños. A algunos los conocía y llevaban ya años muertos, y le sonreían. Pero luego tuvo la tentación de mirar un poco de reojo a la izquierda y vio fuego y azufre, y la visión le llenó de espanto.

Al terminar el oficio el burro lo llevo de vuelta a su casa, entre las nieblas que hay en Galicia al alba.

Nunca más volvió a aparecerse su primo, pero en adelante sus cosechas fueron buenas y su ganado no enfermaba.

En la Casa de Arial

El último cuento transcurre en la casa de Arial, la casa de mis tíos. Éste no es un cuento de miedo y tiene incluso su punto cómico. La casa de mis tíos es la típica casa de piedra de dos plantas con las cuadras de los animales en la planta de abajo, al lado de la cocina, donde hasta hace relativamente poco se cocinaba el caldo a fuego, en una marmita colgada del techo con una cadena. Los dormitorios están en el piso de arriba, que tiene un suelo de madera viejísimo, al igual que las puertas. La casa de mis tíos, una de los pocas habitadas es una reliquia de otros tiempos, vestigios de una cultura tristemente condenada a desaparecer.

Como decía, la Casa de Arial es la casa de mis tíos por parte de padre. Allí pasé muchos veranos agradables con mis tíos y mis primos y conociendo a los paisanos del pueblo, algunos de ellos asombrosamente sabios a su manera.

La Casa de Arial tiene una leyenda: El Diablo no puede entrar allí.

Se dice que en la Casa de Arial antiguamente los vecinos se reunían al acabar la jornada para jugar a las cartas. Pero cuando se recogían y se iban a acostar, la partida continuaba. De la planta de abajo, donde estaba (y está) la cocina, se oían ruidos de nudillos golpeando la mesa, el roce de naipes y expresiones propias del juego como: ¡Arrastro! o ¡Veinte en bastos! o ¡Copas!

Pero cuando mis parientes de hace muchos años se levantaban a ver que era ese estruendo estaba todo igual que cuando se habían acostado, y decían: ¡Esto é cousa do Demo!

Y así consultaron a una meiga, que les dijo, que en efecto, era cosa del Trasno o del Demonio. Como solución les propuso poner encima de la pila de cartas un vaso de agua llenado hasta el borde. El Demonio antes de abandonar un lugar ha de dejarlo tal cual lo ha encontrado, porque así lo requiere su naturaleza.

Y así lo hicieron y se fueron a dormir. Al poco otra vez los gritos de: ¡Las cuarenta y Sota de Espadas!

Al bajar a la cocina encontraron el agua del vaso derramada y al Trasno con cara perpleja intentando de alguna manera devolver el agua al vaso. Al verse sorprendido salió disparado de la casa y ya nunca puede volver allí.

Así que la casa de mis tíos es la más segura de todo el concejo. Si alguna vez se deciden a hacer una casa rural allí pueden poner un cartel que diga “Ghost free, recomended by Trip Advisor”.

 

Notas sobre el folklore gallego

Hay muchas más historias parecidas, que difieren en los detalles, pero con unos elementos comunes muy claros: el difunto, la aparición para reclamar el cumplimiento de una promesa o rogar por la salvación de su alma, y la expiación.

El gallego tradicional no duda de esas historias, que las considera hechos históricos y más allá de toda duda. Se contaban por la noche, en el calor de la lumbre y se remontan a tradiciones celtas de culto a los muertos comunes en toda Europa.

Curiosamente, nunca ha llegado a mis oídos de boca de mi madre relatos de la Santa Compaña.

La Santa Compaña es una procesión de muertos enlutados, embozados en túnicas y portadores de antorchas. El difunto que marcha en la cabeza de esa procesión porta una cruz de palo en su mano. Este muerto es el más reciente del lugar, condenado a ir en tan macabra procesión por algún tipo de maldición: Ser suicida, promesas inconclusas… O simplemente haberse topado con la Compañía de Muertos sin la adecuada protección, a saber: abrazarse a un cruceiro o trazar un círculo en la tierra y no mirar a la Compaña en su paso. Si no se hace esto, el difunto que porta la cruz de palo se la entregará.

Si no se cumplen esos preceptos, al año de haberse topado con la Procesión, el que la haya visto morirá y pasará a encabezar la fila de difuntos hasta que otro se tope con ella y pueda entregarle la cruz un año después. A no ser que se rompa la maldición: Hay que encontrar la tumba del muerto que haya entregado la cruz y clavarla en ella. Solo así puede la victima salvarse de su fatídico destino de ultratumba. Por toda la Europa pancéltica e incluso escandinava existen versiones de estas procesiones, pero es en Galicia donde quizá se conserven más puras. Así que si van a visitar alguna vez la bella Galicia procuren no perderse por sus bosques de robles y castaños por las noches, y si lo hacen recuerden: hagan un círculo en la tierra, agachen la cabeza y recen… Recen para que la Compaña siga su paso.

Acerca Pablo Álvarez

Hulk cuando no está en su forma verdosa y machacando se llama Pablo Álvarez y es ilustrador y librero. Hulk machaca, dibuja y pinta, lee novelas, mira documentales de historia, aplasta, le gustan los cómics,juega a rol y juegos de mesa y wargames donde tritura a sus rivales, lee ensayos de historia y antropología, cruje huesos y mira series. Hulk es fan de Tolkien y desmiembra a quien no le guste el Silmarillion. Hulk colecciona figuras de plomo. Solo puede tranquilizarse a Hulk con los periquitos. A Hulk le gustan los periquitos, pero no le gustan quienes no le gustan los periquitos. Puedes seguir a Hulk/ Pablo Álvarez en Facebook en sus páginas Apocalipsis librero y Frikidibus.