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Ciencia, poder y Guerra Fría

La luz que brilla como mil soles fue una de las maneras como los hibakusha (supervivientes) llamaron a las bombas atómicas que fueron lanzadas el 6 y el 9 de Agosto de 1945 sobre Hiroshima y Nagasaki que supuso el rendimiento del Imperio Japonés y el fin de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, está considerado el primer acto de la llamada Guerra Fría, la cual marcaría las relaciones geopolíticas del género humano durante la segunda mitad del siglo XX.

De este modo, mi objetivo durante este ensayo es presentar las características más importantes de los complejos mecanismos existentes entre ciencia y política; una relación que ha tenido lugar desde que la ciencia era conocida como filosofía natural, pero que tras el final del conflicto bélico más grande la historia, fue configurando un nuevo tipo de relación que superó el marco del Estado-nación y que además tendría unas implicaciones mucho más profundas en el seno de las sociedades.

A lo largo del siglo XX, la ciencia fue constituyéndose como un elemento central dentro de los Estados, pues esta medía la fuerza y el desarrollo económico del país. La Gran Guerra (1914-1918) fue el primer campo de pruebas de algunos avances tecno-científicos que iban desde la aviación, los carros de combate o el gas mostaza. La tregua del período de entreguerras tan sólo fue un descanso para lo que vendría después: seis años de conflicto bélico en el que la sistematización industrial de la muerte y la organización militar del trabajo caracterizaron la relación entre ciencia y política.

Los Treinta Gloriosos (1940-1970) como los denomina Dominique Pestre, fueron los años en los que la tecnociencia vivió su mayor auge, donde la cultura de la urgencia y la movilización permanente fueron dos de sus principales características junto a una fe exacerbada hacia el progreso científico. Además, hay que tener en cuenta la edad de oro que vivió el capitalismo (1945-1973) bajo el modelo de desarrollo keynesiano-fordista en el que el Estado administraba e intervenía en la sociedad civil.

Estos fenómenos anteriores son la consecuencia del nacimiento de la Big Science mediante el Manhattan Project, el cual se encargó de construir el gadget que pondría fin a la Segunda Guerra Mundial. Este proyecto de colaboración científica transnacional que llegó a contar con más de 100.000 personas distribuidas alrededor del globo, marcó la estructura bajo la que posteriormente se desarrollaron las relaciones entre científicos y políticos durante la guerra no declarada entre los EEUU y la URSS. Las cuatro “M” (money, manpower, machines and military) fueron los elementos que dirigirían las líneas geopolíticas de la segunda mitad del siglo XX. La “nuclearidad”, como lo llama Gabrielle Hecht, llevó a que se diseñara el programa que cínicamente Eisenhower nombró Atoms for peace durante su discurso en la ONU en 1953, el cual consistía en proliferar la construcción de plantas nucleares de enriquecimiento de uranio, siendo regulada en 1957 con la creación del IAEA (Agencia Internacional de Energía Atómica).

Durante la década de los sesenta, los procesos de independencia y descolonización de la mayoría de los países del África subsahariana, llevarían a que los bloques geopolíticos que marcaban el telón de acero, iniciasen proyectos neocolonizadores que establecieron un nuevo corsé en las relaciones de dominio Norte/Sur; y es que el uranio era un material que abundaba en muchos países del África negra.

Las tensiones surgidas como consecuencia de la Guerra Fría condujeron a que en 1968 se desarrollase el NPT (Tratado de No Proliferación de Armas nucleares), con el objetivo de controlar quien podía producir armas nucleares, dado que las grandes potencias estaban inmersas en una carrera armamentística sin parangón con la que ya habían superado varias veces su capacidad de destrucción del planeta tierra. Así pues, la regulación y el control de quien poseía la capacidad de crear el mayor número de muerte en el menor tiempo posible, no significaba que la ciencia hubiese pasado a un papel secundario, sino que más bien al contrario, seguía siendo un ariete fundamental en los procesos de construcción de hegemonía, dominio y poder dentro de las sociedades y en el marco de equilibrios existente entre las dos potencias separadas por el muro de Berlín.

Ya en la década de los ochenta, la Big Science llegó a ser catalogada como MegaScience, con la puesta en marcha de proyectos como el SSC (Superconducting Super Collider) o el desarrollo del CERN (European Organization for Nuclear Research), pues a pesar de que el deshielo entre la EEUU y la URSS comenzaba a producirse, la política seguía considerando que los avances tecnocientíficos eran fundamentales para dirigir sus estrategias de legitimación geopolíticas.

A lo largo de este ensayo he ido exponiendo las diferentes fases por las han pasado ciencia y política durante los últimos cincuenta años. Ahora bien, para definir con exactitud qué es lo que caracterizó dichas relaciones, me gustaría citar este fragmento que escribe Dominique Pestre:

Una entidad autónoma y pronto dominante, una realidad que se instala “naturalmente” en el centro de la sociedad. En el límite, creó una identificación entre sociedad y Estado. Este último se convierte en un aparato gestor a cargo de un colectivo cada vez más presente, una institución burocrático-racional fundamentada en el pensamiento científico que (re)define las fronteras entre (bien) público e (interés) privado, pero que lo hace ocupando un espacio proteiforme pronto estructurante para el conjunto de la sociedad.

Así es como creo que se deberían definir las relaciones que caracterizaron a ciencia y política durante la Guerra Fría. Como dije en el inicio, la incumbencia de la política en la ciencia (y viceversa), es algo que siempre se ha dado a lo largo de la historia, pues esta era un agente de legitimación relevante en la estructuración de los Estado-nación. Sin embargo, tras el Manhattan Project y el inicio de la mayor carrera armamentística de la historia de la humanidad, estas relaciones se tornaron más complejas y dinámicas. La inversión de una ingente cantidad de capital humano y monetario en investigaciones, en el mayor número de casos secretas, y que además se llevaba la mayoría del presupuesto, fueron uno de los rasgos principales que no estuvieron exentos de polémica.

Por otro lado, la necesidad de demostrar al mundo y a los enemigos de la nación de la capacidad de destrucción, estuvo a punto de llevar al desastre en más de una ocasión. Tras el colapso de la URSS en 1991 y su posterior desmantelamiento, la necesidad de buscar nuevos enemigos que atentases contra el orden mundial era una necesidad vital, tanto para la industria militar como para determinados sectores políticos. El Islam y la mayor crisis económica desde el crack del 29, se han convertido en los nuevos elementos de reordenación geopolítica en esta era post-Guerra Fría. El acuerdo nuclear de hace tan solo unas semanas entre EEUU e Irán, limitando los programas de enriquecimiento de uranio del país persa a cambio del levantamiento de sanciones económicas demuestra que la Big Science, de una forma u otra, parece que va a seguir presente con nosotros en el más inmediato porvenir y en el futuro.

Acerca Guillermo Martín

Cosmopolita, hombre de acción, humanista. Me gusta viajar por el mundo para captar la experiencia de la vida. La crisis actual de las humanidades es una reacción a tanta hipocresía.
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