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Breve crítica a la Crítica kantiana

La principal crítica que se le ha hecho a la ética de Kant, ya desde Schiller y Hegel, es la de ser concebida fuera del ámbito de lo real, es decir de considerar al sujeto sin intereses personales, inclinaciones o deseos. Así, siguiendo a rajatabla a Kant sólo las acciones genuinamente autónomas son libres, no se nos puede culpar de nuestros actos inmorales, puesto que están condicionados por el influjo de aquello que no nos pertenece, y por tanto en última instancia no somos responsables de estos. El sujeto kantiano es un sujeto kantiano, es decir un sujeto neutro, sin apegos a las contingencias de la vida, despojado de caprichos o emociones superficiales, tan racional que resulta imposible de imaginar. De alguna manera estamos de acuerdo en que una ética, si quiere ser rigurosa en sentido fuerte, no puede ser ni teleológica ni eudaimónica, es decir ha de dejar de lado a la felicidad y todo lo tocante a ésta; no le queda otra opción. Como dice Schiller “la inclinación es siempre una sospechosa compañía y el placer un peligroso auxiliar en las determinaciones morales. Lo que viene aquí a decir el poeta alemán es que si bien a Kant le faltó el aspecto emocional del ser humano, éste no puede servir de referente y sustento moral. ¿Qué hacer con el placer en la moral? Ignorando la idea de que de algún modo hacer el deber nos proporciona cierta sensación de bienestar, puesto que esa no es una norma generalizable. Y sabiendo a su vez, que en muchas ocasiones, aquello más placentero suele ser acusado de indecente o inmoral.

Schiller y Kant coinciden en que la dignidad debe de ser el motor de la acción humana, en último término el hombre debe perseguir ser digno de la felicidad. Ahora, digamos que en Schiller la ley moral ha de ser degustada por aquel que la pone en práctica; placer y deber sí que han de confluir, han de unirse en nupcias. En cambio en Kant esa unión es contingente, si sucede mucho mejor, pero si no es así, no ocurre absolutamente nada, la ley ha de obedecerse con la misma intensidad. Para Schiller estética y ética, placer y deber, han de converger bajo un sustento racional, el juicio estético valora la voluntad libre y el juicio moral la exigencia del deber sobre lo instintivo. Es a través de la educación estética como lo instintivo quedará redomado, en la medida en que la separación entre lo emocional y lo racional se empequeñece. Queda claro, y así lo demuestra Schiller, que cualquiera prefiere a un amigo que actúe para ayudarle porque siente amor o amistad hacia él, que no un amigo que actúe porque cree que es su deber. Se deberá fomentar la educación estética, pero sin olvidar que el motor de actuación ha de ser siempre el deber moral, para tratar de buscar esa difícil conciliación entre razón y emociones. Favoreciendo el cumplimiento de la ley refinando el gusto y perfeccionando al hombre.

Hegel hace una crítica que va encaminada en la misma dirección, donde se resalta la idea de la impotencia del puro deber en tanto contrapuesto a la realidad empírica. Una ética no puede ser fría, si se quiere, no puede ser científica. La ley moral no puede tener el mismo estatus que la ley natural, porque si no esa ley va a destruir la relación con las emociones. Hegel también cree, como Schiller que el deber es el gran logro kantiano, pero con la idea de que la moral construida por el filósofo de Königsberg es un formalismo vacuo, que deriva de un sujeto aislado del mundo que vive sin considerar a la comunidad. Es decir, lo que se apunta aquí es que la ética planteada por Kant, refleja ni más ni menos que su personalidad, su carácter hermético y su manera de ser cerrada; recordemos por ejemplo que nunca salió de su pueblo natal. Evidentemente podemos así apuntar que la ética que concibió era la que él mismo profesaba. La moral de un hombre solitario, que vivía al margen de la sociedad y que por tanto debe fundamentarse a sí mismo. En Hegel la moral está vinculada con la acción, incluyendo así al cuerpo, lo sensible y las inclinaciones, inclinaciones que en Hegel apuntan a nuestro necesario vinculo con el mundo.

Kant vio las carencias de su sociedad y por ello creyó que el único camino posible era la razón individual, Hegel en cambio cree en el camino inverso, si realmente queremos mejorará moralmente, debemos de ‘hacer morales’ las instituciones que nos gobiernan. La ley moral ha de ser la ley jurídica. Temática, abordada en el siglo XX por el pensador francés Michel Foucault en la medida en que el sujeto está conformado en base a las relaciones de poder, las cuales se construyen en la normativa jurídica y en las instituciones. Es en el derecho, cree Hegel, donde la eticidad ha de desplegarse, el individuo en último término no sería más que una consecuencia del Estado en el que habita. Un Estado racional, máxima expresión de la conciencia moral. Si bien Hegel sigue creyendo en la centralidad del deber como fundamento de la ética, éste nunca será únicamente el motor que mueva la acción humana, pues todo actuar tiene condicionantes. El ¿por qué actúas? Porque es mi deber; no nos sirve aquí, básicamente porque detrás de todo actuar hay unas intenciones, más claras o más confusas. Así como, la acción siempre está abierta al accidental, a las contingencias que mueven la vida. En Hegel pues, las inclinaciones particulares han de estar volcadas al deber, en Kant no, en Kant el deber es exclusivo en el actuar mismo del hombre. En términos psicoanalíticos, en Kant solamente se busca la aprobación del superego en nuestro actuar, mientras que para Hegel se trata de conciliar ego y superego. Es decir, en Kant sería el superego quien dirigiría nuestras vidas. Bajo este punto de vista freudiano, podemos decir que así se invertiría la ética de Kant, en la medida en que nosotros quedamos a merced del superego. La moral autónoma desaparece, pues pasa a estar siempre obligada a hacer aquello que debe hacer, es decir el yo solamente obedece.

Para Hegel la moral kantiana es una colección de aporías, un bonito castillo de naipes sumamente frágil; donde ha necesitado postular la vida entera para deshacerse de cuestiones centrales en la vida de los hombres: el amor y la felicidad. Eso sí, reconociendo que la moral kantiana es la máxima desarrollada al reconocer la conciencia moral hacia la marcha del espíritu.

Esa es la paradoja, de cómo un filósofo que ha edificado toda una ética despejando cualquier atisbo de religiosidad, al final no tiene más remedio que postular a Dios para solventar las pequeñas grietas que ha ido acarreando la construcción de su edificio y que peligran con derribarlo. Kant necesita del cielo, de la vida eterna, para garantizar a quien cumpla con el deber moral pero no logre la felicidad. Un reino supremo donde allí se garantice la felicidad de todo aquel que la merece. Su planteamiento en definitiva no varía demasiado del de la religión cristiana e incluso podríamos decir que su esencia es la misma, puesto que defiende en definitiva la vida eterna como garantía última de la esencia humana. Ésta es la crítica de Hegel, de cómo la ética kantiana es estéril sin los postulados. Porque en el fondo la propuesta kantiana no escapa del dualismo que vemos en la filosofía de Descartes.

Quedando así, para salvar la ética de Kant, la tarea de congeniar moralidad deontológica y emociones, problemática que Kant no viene a plantear al conciliar una metafísica dualista: fenómeno y nóumeno, completamente distintas y no influenciables. Y sabiendo que lo que deja ver Kant es que la conjunción entre Naturaleza y Gracia, entre naturaleza y libertad, ha de ser conquistada por nosotros. ¿Pero cómo si alcanzar la felicidad, fin último del hombre, no está en nuestras manos? Alimentándonos de la esperanza, creyendo en la utopía. La felicidad en Kant debe ser concebida por la Gracia de Dios, nosotros solo podemos esperar, nosotros solo podemos esperar ser dignos de la felicidad. Hagamos lo que hagamos, solo nos queda esperar, eso es lo humano. Así versa Kant en Lecciones de Ética: «Si he actuado de manera que me haya hecho digno de la felicidad, entonces también puedo esperar disfrutar de ella; tal es el móvil de la moralidad»

Para Kant, la esperanza no es sino la condición sine qua non de nuestra moralidad e incluso de nuestra humanidad, es decir no nos queda, en tanto hombres, sino más que esperar, esperar a la felicidad. Ocurre del mismo modo en la obra de Beckett, al final Godot no viene, pero Vladimir y Estragón siguen esperando; mostrando así el dramaturgo irlandés el modo absurdo de la vida humana y su falta de significado:

ESTRAGÓN: ¿Y qué hacemos ahora?
VLADIMIR: No sé.
ESTRAGÓN: Vayámonos.
VLADIMIR: No podemos.
ESTRAGÓN: ¿Por qué? V
VLADIMIR: Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN: Es cierto.

Esperar es el fin de la vida. Beckett, como existencialista defiende la vacuidad inherente del hombre, cuya existencia en definitiva no tiene un sentido supremo, absoluto. ¿Qué ocurre entonces? Deberemos seguir igual, aunque Dios no nos de en vida la felicidad debemos seguir esperando, para no caer en la desesperación. Es curioso entonces, que Kant, para dar sentido a su ética tiene que postular la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Para culminar su ética, tiene que agarrase a una cuestión de credo, de fe, ser utópico. Al final Kant, no está sino ampliando el Deus sive Natura de Spinoza. Fe moral de la razón acompañado de un nuevo estoicismo.

En Kant el deber garantiza la facticidad de la acción es consciente de que puede hacerlo porque debe. Deber y esperanza son el enlace necesario en la moral kantiana. Por tanto, las emociones, en el orden moral, se sustituyen por la esperanza, una esperanza en conexión con lo natural, la providencia y el destino. El imperativo categórico queda solventado desde esta óptica, resolviendo así las críticas de Schiller y Hegel. La filosofía moral kantiana no resulta comprensible sin su filosofía de la historia, es esa confianza que aporta la esperanza de un futuro mejor, en la que necesariamente hemos de creer, pues está en nuestra condición. Del mismo modo, debemos creer que hay un Dios y en la inmortalidad de nuestra alma; la razón queda desplazada por la fe, condición para dar sentido a la moral en particular y a nuestra existencia en general. La posibilidad del bien supremo garantiza la concordia entre moralidad y felicidad. Asimismo la fe significa la confianza en que Dios nos salvará, nos hará felices en ésta o en la otra vida.

Por tanto, haya o no haya Dios, el hombre tiene que tener esperanza, si no quiere caer en el nihilismo. Porque sino, la desesperanza, que es el peor de todos los males, se convierte en el rival invencible que la filosofía no podrá jamás combatir. Por eso Kant en último término tiene que garantizar la fe, como salvaguarda de la existencia de los hombres; porque sino su ética es puro formalismo. Curioso es, que el más racionalista de los filósofos ilustrados, al final tenga que valerse de la fe para defender su ética y su filosofía. Y lo que nos llega al final a pensar que Kant fue en último término un filósofo utópico:

«He aquí, pues, el límite supremo de toda investigación moral. Pero determinarlo es de gran importancia para que la razón, por una parte, no vaya a buscar en el mundo sensible, y por modo perjudicial para las costumbres, el motor supremo y un interés concebible, pero empírico, y, por otra parte, para que no despliegue infructuosamente sus alas en el espacio, para ella vacío, de los conceptos trascendentes, bajo el nombre de mundo inteligible, sin avanzar un paso y perdiéndose entre fantasmas. Por lo demás, la idea de un mundo inteligible puro, como un conjunto de todas las inteligencias, al que nosotros mismos pertenecernos como seres racionales (aunque, por otra parte, al mismo tiempo somos miembros del mundo sensible), sigue siendo una idea utilizable y permitida para el fin de una fe racional, aun cuando todo saber halla su término en los límites de ella; y el magnífico ideal de un reino universal de los fines en sí (seres racionales), al cual sólo podemos pertenecer como miembros cuando nos conducimos cuidadosamente según máximas de la libertad, cual si ellas fueran leyes de la naturaleza, produce en nosotros un vivo interés por la ley moral.»

Acerca Javier Gil

Situacionista, amante de los gatos y experto en la generación beat. Desde Parafernalia queremos ver arder los motores del mundo, la transformación ha de venir desde abajo.