Inicio - Cine & Series TV - Blade Runner 2049: con personalidad y parentesco

Blade Runner 2049: con personalidad y parentesco

Afrontar la secuela de un clásico por excelencia puede ser, ya de antemano, una bomba de relojería. El guionista, incluso cuando ya dejó su rúbrica en el libreto del filme original, debe ser capaz de elaborar una historia que enlace, en mayor o menor medida, con aquélla que fue un éxito en su día, pero sin dejarse llevar por la repetición, que conduce al refrito gratuito, o por la referencia obstinada, que lleva al homenaje fútil —id est, al despropósito parasitario—. El director, sea o no el mismo que se puso al mando de la primera parte, ha de poder mantener la continuidad de un aura, de un universo, de un imaginario ya conocido y asentado en la cultura popular, pero aportándole a su vez un nuevo giro, una exploración allende lo ya visto, tirando, con delicadeza y cautela, pero también con audacia y arrojo, del hilo más resistente que le proporcione el susodicho guionista. Por último, el espectador, y sobre todo el acérrimo aficionado al filme de culto que lo ha acompañado durante años, décadas y quizá momentos esenciales de su vida, también tiene la tarea de situarse ante la nueva obra con una sensatez que pasa por la cura en salud: quienes más quienes menos, todos los cinéfilos estamos curtidos en lo tocante a desilusiones y herejías contra obras sagradas, pero es por ello precisamente por lo que, por un lado, no nos conviene asistir a la sala con un exceso de expectativas en estos casos, pero, por otro, tampoco es cuestión de atrincherarse tras el prejuicio para combatir el pavor que nos suscita un posible nuevo agravio contra una cinta adorada que, en cualquier caso, ahí está, ahí quedó y siempre se podrá volver a ella. Lo propio —aunque uno sabe de primera mano que, con tantos sentimientos y recuerdos de por medio, es más fácil decirlo que hacerlo— es sentarse y dejarse llevar en un aristotélico punto intermedio entre el escepticismo y la esperanza, y luego ya se verá en qué punto podría situarse la nueva obra en una escala entre, por ejemplo, El Padrino II, una secuela magistral por excelencia, y, por decir algo, 2010: El año en que hicimos contacto, desafortunada continuación de 2001: Una odisea en el espacio que se llevó a cabo pese a la amenaza epistolar de Kubrick de agredir físicamente al director que se puso a los mandos del proyecto.

Una vez hemos procedido, como espectadores, a hacer esto del modo indicado con Blade Runner 2049, secuela del clásico de 1982 dirigido por Ridley Scott, quien en esta ocasión se encarga de la tarea productiva mientras es un Denis Villeneuve en auge quien toma las riendas del nuevo filme en el que es el mayor y el más arriesgado reto de su carrera, es hora de valorar el trabajo de autores y director y de la totalidad de la cinta en sí. Para empezar, podemos adelantar que, en líneas generales, y aunque con reticencias, la propuesta funciona. Hay que destacar cómo no hay en ella atisbos de reboot falseado ni de remake encubierto, prácticas tan habituales en nuestros días, sino una historia nueva, un argumento propio, dotado de su personalidad pero emparentado con la película original a través de la continuidad argumental y de diversos elementos y referencias bien manejadas, justas y calculadas, sin necesidad apenas de flashbacks —que son siempre sutiles: un par de audios, un par de fotografías, unos segundos de reciclaje del personaje de Rachael que sirven de apoyo para una nueva escena justificada—, primando más la expansión, la visión amplificada del mundo de Blade Runner que conocimos en el 2019 ficticio, con una agudización aún mayor del aspecto filosófico, del humanístico, del teológico, del sentimental —el amor por el contenido único y preciso de un ser, real o artificial, previamente ajeno a nosotros, y no por un fiel y expreso diseño de su efigie cuya repetición, por más empeño y virtud del Pigmalión en cuestión, no puede reemplazar a aquél—, de la constante influencia orwelliana/huxleyana y de la moralidad siempre con un interrogante cual péndulo que cruza la cuarta pared, hacia adentro y hacia afuera de la pantalla, con cada movimiento.

¿Podemos contar con que el ser humano está, por mera naturaleza, más libre de tacha que el replicante? ¿Podemos considerar al replicante con menos derechos por su carencia de humanidad pese a que pueda alcanzar cotas similares? ¿Somos lo que recordamos, lo que estamos llamados a ser y lo que la suerte o la predestinación nos dictan, o aquello en lo que nos convertimos y lo que creemos y sentimos querer, amar y elegir? ¿Cuánta artificialidad interesada hay en un humano que hace y deshace sus recuerdos o —cuando dispone del poder suficiente para ello— la propia historia a su gusto y conveniencia y cuánto de natural es un replicante con honesta voluntad de experiencia humana? ¿Cuán lícito es que jueguen a las deidades creadoras seres creados por seres que juegan a las deidades creadoras siendo a su vez, muchas de éstas, creyentes en superiores divinidades creadoras a lo largo de su historia, sin que esta rocambolesca parábola religiosa quede exenta de algún rasgo apocalíptico o, cuando menos, del derecho a emular, por parte del nuevo creador, el pasaje de Sodoma y Gomorra? ¿Cuánto tira la máquina del hombre y el hombre de la máquina hasta el punto en que ésta o aquél pueden dudar de su condición? ¿Cuán diferente es, después de todo, el hombre real moderno del híbrido del filme visto por unos como una amenaza y por otros como una especie de mesías prodigioso, de milagro? Dijo Godard que la función ideal de una película, más que resolver cuestiones, es animar a la gente a planteárselas, y esta continuación de Blade Runner cumple, a su modo, con esta premisa a un nivel digno del éxito de los planteamientos de la película anterior.

Como hemos dicho, es un riesgo de antemano por parte del espectador situarse ante una secuela de un clásico de ciencia ficción como Blade Runner y esperar un filme a la misma altura, en especial teniendo en cuenta el impacto, la novedad y la frescura del estreno de la de 1982 —destacando que ésta, además, es una obra que sigue resistiendo el paso del tiempo, por no decir que su éxito posterior fue aún mayor que el que obtuvo en el mismo estreno en cines—, con su fórmula directa, contundente y efectiva en un minutaje más reducido que el de su futura secuela, y no por ello exenta de elementos como los arriba citados. Treinta y cinco años después, había que arriesgarse, tirar del mencionado hilo de la historia y optar por la una nueva construcción con piezas de mayor tamaño, por la amplitud de la narración y por la evolución del imaginario del universo conocido —de un modo natural, lógico y plausible, sin acabar de desprenderse del mismo—, en especial cuando ya no era posible repetir el efecto de la primera impresión y siendo conscientes de que los tiempos han iluminado ya casi todos los recovecos posibles que ofrece el género y resulta, por ende, realmente complejo aportar algo nuevo al mismo. Blade Runner 2049 posee, sí, su propia personalidad, pero requiere tener muy en cuanta la primera parte en todo momento; no está llamada a ser un clásico como la anterior, pero, dentro del reto al que se enfrentaba, resulta, cuando menos, aceptable como prolongación de la historia sin necesidad de mancillar, por así decirlo, la original como muchos pudieran temer.

Hampton Fancher, quien ya ideara el argumento de la primera parte y escribiera su guión junto a David Webb Peoples en base a los personajes de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del autor aclamado en su género Phillip K. Dick, consigue plantear, esta vez con Michael Green a su lado, una historia redonda sobre el papel, elaborada, consecuente y, además de con las considerables cuestiones arriba referidas —entre otras—, con citas que bien pueden pasar a la memoria del cine reciente. Villeneuve, por su parte, recién llegado del éxito de The Arrival, acepta el desafío y lo encara —a grandes rasgos— correctamente: acierta con el planteamiento, es limpio en la conexión entre los dos filmes, le otorga al nuevo el mencionado carácter propio sin romper el gen que lo une al anterior y engarza, en definitiva, las piezas de las que dispone de manera racional e inteligible. No es un filme en el que perderse —a menos que uno, claro está, se despiste un momento y se deje por el camino alguno de los continuos eslabones reveladores de la cadena—. En definitiva, le hace sentir a uno que está viendo una historia claramente perteneciente al universo de Blade Runner que tantos hemos amado, pero a la vez le deja claro que se trata de algo distinto, y no nos referimos solamente a que sea una película más diurna —y no por ello menos oscura cuando debe serlo—.

Incluso la atrevida apuesta de que Rick Deckard, el héroe del pasado, no aparezca hasta el tramo final de la cinta y no llegue siquiera a intervenir directamente en la acción definitiva de la trama, dejando a Harrison Ford como un secundario de lujo y permitiendo a K/Joe (Ryan Gosling) ser el protagonista central definitivo a cuyo alrededor gira el resto del elenco, funciona en concordancia con este propósito, deja más que patente esta idea de retomar lo pasado pero como vía para encararlo todo hacia un punto totalmente novedoso. No vemos una innecesaria ampliación la historia de Deckard y Rachael, como a algunos inquietaba, sino una continuación de su desenlace más allá de ellos mismos, tomando como base su legado igual que hace el mismo nuevo filme con el clásico. El viejo Deckard tiene vestigios del de hace treinta años, vemos su carácter, su decisión, su arrojo, su tenacidad, su astucia, su fuerza física y mental incluso tras los estragos del tiempo en su cuerpo y su ánimo, y hace de conector principal entre las dos películas, pero ya está, ésta no es su obra, éste no es su momento, el cual ya pasó, ahora es un enlace, el personaje al que volvemos a encontrar, al que, de hecho, debemos encontrar, pero no el protagonista. Éste, en efecto, es K/Joe, el nuevo Blade Runner principal del celuloide, el vigente héroe en la búsqueda del supuesto padre, de la barruntada identidad, de la averiguación de lo que uno debe llegar a ser por encima de dogmas impuestos, ya sean naturales o artificiales. En definitiva, el paradigma de la persecución de una verdad personal, la cual no es siempre de nuestro agrado o puede, en ocasiones, inducirnos al engaño —o, mejor dicho, al autoengaño—, así como otras veces un engaño puede no ser tan falaz como parece en primera instancia. K/Joe representa perfectamente la búsqueda de uno mismo y la aceptación y la valoración del hallazgo realizado después del costoso cúmulo de lucha y confusión, de ganancia y pérdida, de ilusión y desazón —si bien, en ocasiones, al protagonista de Blade Runner 2049 algunas pesquisas le llegan ya mascadas—, y de la afrontación de la tarea inherente a tal verdad aunque ésta no sea la que en un principio uno mismo tenía el convencimiento de que era o podía ser.

Dicho esto, cabe mencionar también la cruz de Blade Runner 2049, la cual hallamos a lo largo del desarrollo del metraje. Sin que veamos errores garrafales, podemos percibir que, dentro de la historia cerrada y consecuente del guión, algo falla, algo falta, y no tiene que ver, amén a lo ya dicho, con la nostalgia de la primera película. Curiosamente, esta secuela que funciona como tal, que supera en la medida de lo posible la prueba en la parte más compleja, en la más delicada y en la más temida, halla sus tropiezos en sí misma. La sensación de carencia que le va dejando a uno este filme, aparentemente, insistimos, bien planteado en cuanto a argumento —más allá de reticencias puntuales— y sin mucha complicación para seguirlo sin ser por ello precisamente simplista, se halla más bien en el modo en que algunas partes no están hiladas a la altura de la buena idea global que es realmente la historia.

De este modo, contamos con puntos destacables, una introducción correcta que nos sumerge temprana y completamente en la trama —recordemos que el filme viene precedido, además, por una trilogía de cortometrajes-precuela reveladores—, nos plantea las reglas del juego y nos hace intuir cómo recoge el testigo de la obra clásica; una primera parte en la que no es tan importante el misterio, pues realmente no lo hay, la conclusión de este bloque se huele desde el principio, y lo relevante recae en cómo se va desarrollando la constatación del obvio enigma por parte del personaje principal, y de ahí pasamos al punto álgido, el cambio de situación de K, su transformación interna en Joe, el esperado hallazgo del héroe antiguo, la persecución, las nuevas y auténticas revelaciones, los verdaderos giros de guión y las diversas escenas de un poderoso contenido simbólico y visual, pero sentimos que en ocasiones la ilación de estos elementos notables es imperfecta o, cuando menos, no impoluta, lo cual se torna más chirriante cuando de pronto la sucesión de dichos elementos destacables desembocan en un desenlace un tanto precipitado, en el que casi nos hallamos de pronto, antes de acabar de percatarnos, falto de la acción que cabía esperar después de numerosas escenas que generan expectativa y de un metraje extenso que, aunque no acaba de sufrir una irregularidad de ritmo —si bien en algún momento sí se vuelve algo plano—, en especial después del inicio del tramo segundo de la película, este final —que, insistimos, en cuanto a planteamiento argumental, aunque no sea perfecto, no presenta tanto problema— acelerado, que casi se le viene a uno encima, hace que padezca ciertas consecuencias que sí merman la experiencia de lo que era un ofrecimiento de buenas ideas.

En primer lugar, uno se ve impelido a revisar en perspectiva las sensaciones que le suscitaron algunos fragmentos de la cinta: esos momentos que se sostienen en una grandeza audiovisual y que muestran detalles que dicen mucho de los personajes, de la filosofía y del contexto de Blade Runner 2049 —véanse algunas de las escenas íntimas de K con el personaje binario de Ana de Armas, que, además de ampliar el espectro de escalas de seres artificiales y de su relación entre sí (replicantes e inteligencias binarias con memoria digital al uso humano), evocan, en un estilo próximo al de la reciente Her (Spike Jonze, 2013), el interesante fenómeno de la conexión sentimental establecida con una inteligencia artificial y etérea (aunque ilustrada como un holograma, en el caso de Blade Runner 2049, a través de la presencia física de la actriz cubana madurada profesionalmente en nuestro país), con su intercambio de emociones y otros paralelismos con el trato humano auténtico— adquieren una pátina de lastre en detrimento de una porción de minutaje que hubiese sido más útil —una lástima cuando, insistimos, se trata de un problema de cálculo y de pobre resolución y lo que se nos muestra no es precisamente inútil—, más valioso de cara al momento culminante, con lo cual la peculiar sensación de recuperación de un ritmo que nunca se llega a perder del todo queda un tanto difuminada en el cómputo de la experiencia, en especial teniendo en cuenta algunos aspectos de la película que hubiesen merecido más atención por el juego que podían haber dado, como una mayor profundización en el personaje de Jared Leto. Esto, en definitiva, genera una sensación de cabos sueltos en una trama que en principio se nos presenta cerrada, o, al menos, mucho más conclusa que el filme original, con lo cual acabamos teniendo que regresar a la comparativa para destacar la redondez de éste en perjuicio del nuevo. [Nota: en ocasiones, quizá influenciado por lo acaecido con las primeras precuelas de Alien y con ciertos rumores extravagantes sobre otros proyectos relacionados con obras maestras de Ridley Scott, uno puede experimentar la paranoia de que el director del filme original pueda estar dando alguna determinante pincelada agazapado desde su puesto en la producción —cosa, por otro lado, natural—, si bien, por suerte, en lo tocante a los puntos a favor, las riendas de Villeneuve evaden esta sospecha seguramente infundada, basada en traumas cinéfilos ajenos a esta película pero de invocación difícilmente eludible].

Por otro lado, esto también provoca que toda la carga emotiva en la que se sustenta gran parte del último tramo de la película, y en especial la escena final, y que tanto podría dar de sí, no acabe de llegar al corazón con la fuerza que debiera, siendo el punto más emocionante, y a la vez el más fugaz, uno protagonizado por Deckard en relación con Rachael, cosa que en principio no debería ser así en un filme que está mostrando claramente su intención de lucir su propia personalidad, de que enfoquemos nuestro afecto hacia el personaje de Gosling y de dejar a aquéllos como «meros» nexos con el largometraje anterior. No es tan meritorio que empaticemos más con el personaje al que amamos desde hace décadas que con el nuevo alrededor del cual gira prácticamente toda la historia que ahora nos atañe.

En tercer lugar, del mismo modo, y siguiendo en esta última línea, la cierta carencia de contundencia en el enfrentamiento final también hace que el factor simbólico —y aceptado, sí— de que Deckard no tome parte directa en la misma pierda en calidad de baza a favor de la identidad del filme cuando los personajes principales no solamente no llegan a evocar ni de lejos la memorable lucha entre aquél y el replicante Roy Batty de treinta y cinco —o treinta, en la cronología de la ficción— años antes, sino que ni siquiera llegan a la altura de otras actuaciones en escenas de acción de la misma secuela —sin ir más lejos, la pelea inicial y prontamente reveladora de Gosling contra el primer replicante al que vemos que va a detener—, y de nuevo nos vemos condenados a la comparación forzosa que la misma escena de lucha final, por vía de la susodicha baza de apartar a Deckard de la participación directa, pretendía eludir a favor de la emancipación de la secuela.

Y por último, el significado global del filme, agudo e incluso audaz, concentrado finalmente en la evolución del personaje de Gosling tras los diversos vaivenes y dilemas en los que lo acompañamos, aunque queda perfectamente transmitido y uno es capaz de comprenderlo y de valorarlo como merece, deja también, a causa de esta imperfecta ilación culminante en un final casi forzado, esa sensación de satisfacción con resquicios, de plausibilidad sin tanto ímpetu como pudiera tener, de alto potencial venido a menos. Puede que un futuro nuevo montaje con escenas inéditas, cosa también tan en boga actualmente, consiga, aun alargando más la película —lo cual jamás es un inconveniente si está justificado—, solventar en parte este problema. Recordemos que la primera Blade Runner, incluso siendo redonda ya en su pase inicial, también ha contado con distintos montajes a lo largo de los años, generando entre el público diversidad de opiniones sobre cuál hace más justicia a la historia narrada.

No obstante esta cuestión, y rompiendo una lanza a favor del argumento planteado, de las reflexiones que suscita y de los momentos álgidos de la cinta, analizables cada uno por separado, no deja de tratarse de una experiencia honesta que vale la pena visitar por uno mismo, en especial teniendo la ocasión de vivirla en una gran pantalla cinematográfica. A ello también colabora —aun siendo lo mínimo que se le pedía a una secuela de un filme que ya en su día impactó de tal modo por su imagen y estética— el hecho de resultar una experiencia audiovisual de alto nivel, con una fotografía magnífica y unos efectos logrados. Se deja atrás, eso sí, el aura noir-punk de la distopía futurista vista desde los ochenta, pero se conserva, dentro de las modernidades que se comprenden en la evolución tecnológica de treinta años de historia ficticia —bien elaborados en cuanto a etapas y sucesos presentados previamente y detallados a lo largo de la cinta—, ese cierto encanto de la imagen cotidiana de un realista hogar del presente, donde una cocina o un salón, ya sean de una clase social u otra, parecen de nuestro mismo mundo, así como los hábitos cotidianos y varios de los recursos futuristas aproximan también en buena medida dicho futuro imaginario a nuestra más pura realidad. En cuanto a la música, Hans Zimmer emula aceptablemente a Vangelis. Difícil es llegar a la altura del griego, pero el alemán era uno de los más indicados para intentarlo, y finalmente logra dar la talla sazonando aquí y allá la cinta con sonidos reminiscentes sin abusar tampoco de las fórmulas musicales ya conocidas, haciendo hincapié en este efecto de obra de la misma familia pero con voluntad de emancipación.

En definitiva, era casi imposible construir una historia a la altura de la original, pero Blade Runner 2049 logra tomar un desvío propio que alcanza, cuando menos, una secuela digna, si bien, aprobado este reto —en absoluto nimio—, encuentra sus flaquezas precisamente en ciertos puntos propios del filme en sí con independencia de la sombra del primero e, irónicamente, esto nos hace girar por momentos la vista hacia éste, pero sin desprendernos tampoco de lo que conforma la identidad y la esencia original de esta nueva historia, que es lo que acaba imperando a lo largo de sus dos horas y tres cuartos. No es la película de ciencia ficción perfecta, pero es un buen filme en el reciente catálogo del género, digno de algún galardón en las categorías formales en las que sí esperábamos que las expectativas se cumpliesen, y con sus propias licencias y guiños, numerosos detalles que invitan incluso a un segundo visionado más detenido, además de cuantiosas referencias a la cultura popular, a la literatura y, sobre todo, a la música, y hasta algún momento de comicidad inesperado que marca otro rasgo de la personalidad de la secuela sin llegar a sacarnos de un universo conocido, de un mundo al que gran parte del público del séptimo arte sigue regresando con la misma fascinación y fidelidad del primer día, igual de hechizado, de maravillado, de hipnotizado. Y, aunque la sensación original no pueda ser la misma, ni así lo pretende —cosa que la honra—, y pese a las reticencias citadas, podemos sugerir, sí, a un aficionado incondicional a aquel universo, a un admirador empedernido de la cinta de 1982 y a un romántico del clásico de ciencia ficción que eche, libre tanto de ilusiones como de prejuicios, un vistazo a la ramificación que de ella ha surgido este año, siga la estela moderna de aquella excelsa obra sin demasiada preocupación por el honor de la misma y se dé, cuando menos, una oportunidad para juzgar por sí mismo las sensaciones que le suscita esta ampliación a su aire digna de ser vista en una sala en condiciones.

Para todo lo demás, huelga decirlo, uno siempre puede acceder al Deckard eternamente joven de 1982/2019 gracias a la inmortalidad que otorga el celuloide.

Acerca Alejo Valenzuela

Escritor y periodista: cuento cosas a gente. Literatura, cine, música, arte y filosofía y a sobrevivir dignamente. Dijo un sabio al madurar que «no se puede ser sublime sin interrupción», y sin duda es cierto, pero quizá lo importante sea disponer del destello de sublimidad en el instante adecuado. Mientras lo hallo —si es que lo hallo—, voy escribiendo sin demora.