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¿Amputación o divorcio?

Es básico en cualquier discusión ponerse de acuerdo en los términos, pues sino corremos el riesgo de no saber de que estamos hablando.

Parece que todos estamos de acuerdo en que se está produciendo una fractura en el país, pero a partir de ahí ya nadie se pone de acuerdo respecto a la naturaleza de esa fractura. Lo que para unos representa un divorcio, otros lo consideran una amputación. La gravedad del asunto es bastante diferente según sea un u otro el caso, o no. No cabe duda que una amputación es un acto violento; tanto si es accidental como debido a una agresión premeditada, el resultado viene a ser el mismo, si bien moralmente mucho más detestable cuando existe un sujeto agresor, salvo, claro está, en un miembro gangrenado que requiera intervención quirúrgica para salvar al paciente. Si tal fuera el caso, habría que discernir cual es el miembro amputado en el caso que nos ocupa. Quienes lo consideran una amputación suelen referirse a Catalunya como el miembro amputado (y no al revés). Pero es bien sabido que un miembro amputado no tiene vida propia, una vez desgajado del cuerpo que lo alimenta; lo cual no parece que se entienda así visto desde Catalunya (más bien al contrario). Si bien en general se entiende que ambos, España y Catalunya, podrían sobrevivir, mal que bien, por separado. Por tanto nos llevaría a descartar la idea de amputación.

Sí habría, en cambio, una separación, cuando menos de hecho. Ello nos lleva automáticamente al concepto de divorcio. Todos sabemos por experiencia, personal o de amistades, que esta situación suele ser conflictiva entre las parejas. Dependiendo del grado de rechazo, normalmente por parte de uno de los implicados, la situación puede ser más o menos grave. Lo más sencillo suele ser la separación por mutuo acuerdo, cuando ambos coinciden en que la convivencia no puede seguir y cada uno se va por su lado; lo que no impide que puedan seguir con una relación de afecto, compartiendo hijos comunes, vecindades o amigos.

Pero también es cierto que, en muchos casos, ya sea por razones económicas, rencillas o acusaciones mutuas, se producen enfrentamientos entre la pareja. ¿Les suena?

Desde la negación del conflicto, hasta las agresiones físicas, pasando por las amenazas, las maledicencias, las acusaciones, los insultos, son perfectamente descriptibles los recursos utilizados por alguno, o ambos, miembros de la pareja, para impedir, o procurar, la separación. Todo lo cual, antes que la reconciliación, fomenta todavía más las razones para la separación.

No son pocos los casos, y todos nos lamentamos de ello, en que (normalmente el marido) se niega el derecho a la pareja a separarse de uno, imponiendo por la fuerza su criterio, llegando algunas veces a la agresión y asesinato de su pareja, esgrimiendo el consabido y ancestral argumento de “la maté porqué era mía”. “Antes que la separación, la aniquilación de ambos” piensan algunos.

Es evidente, cuando una pareja se separa, el matrimonio se acaba. Sin embargo tiene porque ser una tragedia para ninguno de los dos. Ni tampoco dejar de quererse. Simplemente cada uno será libre para decidir a quien quiere y a quien no quiere, a partir de ese momento.

Pero negar, como antaño, el derecho al divorcio, obligando al sometimiento legal, físico y económico de la mujer al marido (o viceversa), -o si no te mato- no es la mejor manera de procurar una reconciliación. Ni tampoco que el cura (o el juez) le diga a ella que “este es un valle de lagrimas donde hemos venido a sufrir y ya sabes, hija, que tú deber es aguantar y sacrifícate por tus hijos”. Porque esa es la ley.

Espero haber contribuido a aclarar conceptos, porque, ¿se trataba de hablar (“enraonar”, lo llamamos aquí), de dialogar? ¿o no?

Acerca Josep Nogué

Toda mi vida ha girado entorno de las artes plásticas. Primero como diseñador gráfico, después como ilustrador y más tarde del dibujo y la pintura. Busco que cada gesto sea preciso y directo, como la estocada de esgrima: que cada pincelada haga sangre.